sábado. 03.12.2022
ETA / HISTORIA

Aquel maldito cambio de turno...

Hace treinta y cinco años, ETA segaba la vida de un agente del Cuerpo Nacional de Policía. Se trata de Mohamed Ahmed Abderrahaman, el segundo ceutí asesinado por la banda criminal, tras el guardia civil Francisco Pascual Andreu. El asesinado, cuyo nombre se recuerda hoy con una calle en Bermudo Soriano, no tendría que haber estado aquel día en la autopista entre Behobia y Bilbao donde tuvo la mala fortuna de cruzarse con una panda de asesinos

Probablemente, a los lectores más jóvenes aquello de Euskadi Ta Alkartasuna (ETA, Euskadi y Libertad) les suene a algo lejano en el tiempo, difuso en la memoria. Algo que sin duda alguna es positivo, porque significa que la banda ha dejado de matar, medio siglo y un millar de muertos -sin contar los 300 cuyo fallecimiento aún no se ha aclarado- después. Pero las consecuencias de esa espiral de barbarie aún no se han detenido. A día de hoy, muchas personas siguen sufriendo las consecuencias de ese fenómeno terrorista, el más duradero en la historia de una Europa sacudida en las últimas décadas por el IRA, las Brigadas Rojas o las Baader Meinhoff.

 

Un 23 de noviembre, pero de hace 35 años,  un agente del Cuerpo Nacional de Policía había decidido cambiar un turno con otro compañero. Mohamed Ahmed Abderrahaman, ceutí de 33 años, no tendría que haber estado de servicio en la carretera entre Bilbao y Behobia, pero al día siguiente su hija Himo -con parálisis cerebral- tenía una revisión médica y decidió alternar con otro compañero para poder aprovechar el saliente de guardia y poder acompañar así a su hija y a su mujer, embarazada por cuarta vez.

 

Ahmed encontró la muerte en aquel control de carreteras. Se alejó un poco del arcén para fumarse un cigarro, cuando un grupo de terroristas apostados abrió fuego sin pensárselo. El murió al instante. Su compañero, Carlos Mata Organero, resultó gravemente herido. Ambos tenían encomendada una misión: dar escolta a los camioneros franceses, amenazados por ETA tras que el Gobierno de la República francesa -entonces presidido por Francois Miterrand- decidiera comenzar con las primeras extradiciones de etarras a España. Empezaba, lenta y tardíamente, a ponerse fin al 'santuario' del sur de Francia armado en la época de Valery Giscard D'Estaing.

 

El agente de la Policía Nacional dejó tres hijas, y uno póstumo. Su cuerpo quedó, literalmente, partido en dos.  Tras un traslado tortuoso desde el País Vasco hasta Algeciras (un avión Hércules les trasladó a Málaga, sin más presencia que el ataud y un hermano del fallecido y luego una ambulancia tan pequeña que se salía el féretro por la parte trasera), su viuda Aisha recordaba en un libro escrito por José María Calleja que "creí que Ceuta entera había venido al puerto". Aisha recobró cierto protagonismo cuando uno de los asesinos de su marido, Kubati, salió a la calle tras derogarse la doctrina Parot, al criticar abiertamente que el hombre que había segado la vida de Mohamed estuviese en la calle por un resquicio legal.

 

No fue la única víctima de ETA nacida en Ceuta; años antes había sido asesinado mientras tomaba una copa con el pescador Florentino Lopetegui el guardia civil Francisco Pascual Andreu. Son las dos aportaciones, tristes aportaciones, de Ceuta al macabro contador que supuso -y lo hace aún- la mayor pesadilla colectiva de este país en el último medio siglo.

 

Aquel maldito cambio de turno...
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