En teoría, tener un seguro de coche es sinónimo de tranquilidad. Pagamos religiosamente cada año para que, si algún día ocurre un percance, haya alguien -una compañía, un perito, una póliza- que responda. En teoría.
Y digo en teoría porque la realidad, al menos en esta ciudad, parece un capítulo aparte. Basta salir a la calle para comprobarlo: un rozón al aparcar… y la misteriosa huida del autor, que se marcha como si nada hubiera pasado. Ni una nota en el parabrisas, ni un interés mínimo. Nada. Solo la pintura de otro vehículo como recuerdo. Y eso siempre que sea un roce, porque los coches calcinados no son pocos.
Es aquí donde el seguro deja de ser esa red de seguridad que nos vendieron y se convierte en un laberinto burocrático. Para reclamar, hay que demostrar lo que a menudo es imposible: que ese arañazo, ese golpe o esa abolladura tiene un culpable con nombre y matrícula. Y si no lo logras, prepárate para escuchar la frase mágica: “Lo sentimos, sin parte contrario poco podemos hacer”.
Paradójicamente, todos vamos asegurados -al menos en teoría, porque el seguro obligatorio es eso: obligatorio-, pero pocos asumimos la responsabilidad que conlleva. No se trata solo de pagar la póliza, sino de ser honestos cuando nos equivocamos al volante. Esa es la parte que, por desgracia, parece que muchos han olvidado.
Mientras tanto, seguimos pagando por un servicio que, aunque útil y necesario, se ve lastrado por la picaresca y la falta de civismo. El seguro del coche debería ser un aliado. En esta ciudad, a veces, es más bien un espectador impotente de nuestra manera de conducir… y de asumir, o no, nuestras culpas.
