El Felón y las Cenizas
No son los montes los que claman en su agonía, ni los pinares los que crujen en su condena de fuego. Es la patria misma la que arde, desangrada por la mentira de su gobernante, consumida en las brasas de un impostor que llama clima a lo que no es sino abandono, desidia y traición.
Pedro Sánchez, con el gesto de los sofistas que mienten aun sabiendo que mienten, ha señalado al cambio climático como culpable de la devastación, cuando los propios escritos de su Seguridad Nacional —los legajos que reposan en la mesa que él ocupa— proclaman la verdad: hace diez años había más incendios que hoy. Y si entonces no habló del clima, si entonces no nombró al sol ni a la sequía, es porque sabe que no son las nubes las que queman la tierra, sino la corrupción de su gobierno, la incuria de sus políticas, la podredumbre de su reinado.
España no arde por azar ni por fatalidad: arde porque fue abandonada. Arde porque los campos fueron convertidos en cementerios de polvo, porque los pueblos se quedaron sin hijos que los labren, porque los montes fueron olvidados hasta tornarse en leña muerta esperando la chispa. Y mientras los alcaldes suplican, mientras los bomberos denuncian precariedad, mientras las aldeas claman auxilio, Sánchez sonríe con la soberbia del traidor que se sabe intocable.
Pero hay un fuego mayor que el de los bosques, y es el que crece en la garganta de la juventud que ya no le soporta. En estadios, en conciertos, en plazas donde no llega el BOE ni el discurso domesticado, resuena con la fuerza de un trueno un cántico común: “Pedro Sánchez, hijo de puta”. No es casualidad ni moda pasajera: es la sentencia de una generación entera que, habiendo sido adoctrinada en el credo progresista, repudia al pontífice de esa impostura.
El embrujo se ha roto: hasta un 30% de los jóvenes se reconocen ya en el partido, que la propaganda de Moncloa demoniza sin descanso, en la opción maldita que, pese a las piedras y los insultos, se convierte en refugio de quienes rechazan la mentira oficial. El muro ideológico se resquebraja, y tras sus grietas aparece la verdad desnuda: que el pueblo no ama al presidente, que lo desprecia, que lo maldice.
Sánchez no gobierna: usurpa.
No guía: manipula.
No representa: comercia.
No edifica: destruye.
Su poder es la suma de mercenarios parlamentarios, de pactos vergonzosos, de favores vendidos al precio de la unidad de España. Es un poder hueco, sin sustancia, sostenido por la aritmética de los traidores y la inercia de la cobardía. Y cuando la confianza se quiebra, cuando el pueblo se levanta en murmullo unánime, ninguna mayoría artificial basta para detener la sentencia de la historia.
Porque la historia no inscribe en sus páginas a los impostores con letras de gloria, sino con el hierro candente de la ignominia. Pedro Sánchez será recordado como el felón que convirtió la mentira en el lenguaje oficial del Estado, como el mercader que vendió la patria en los zocos del poder, como el bufón que enarboló la soberbia del déspota mientras su pueblo lo despreciaba.
No dejará obra, porque no construyó nada.
No dejará memoria, porque nadie recuerda al traidor con gratitud.
No dejará legado, porque su único legado es la ceniza.
Quedará, sí, el eco maldito de la calle que lo insulta; quedará la certeza de que su paso por la historia fue ocupación y no gobierno, usurpación y no mandato. Y cuando se apague el humo y se extinga el fuego, solo permanecerá en el recuerdo el nombre de un hombre reducido a ceniza, condenado a ser citado no como presidente, sino como ejemplo eterno de felonía.
Porque el fuego se apaga, el humo se disipa, y la patria perdona sus derrotas, pero nunca olvida a sus traidores.
El Vigía del Norte