"Juan Sergio o el Hombre que Pactó Consigo Mismo en la Oscuridad"

Redondo y Verdejo, durante el transcurso de una sesión plenaria / Alejandro Castillo

(y perdió la discusión con el campo a favor)

Por Ulises Neurona, testigo del desvarío, vecino del absurdo, y posiblemente víctima de una reunión de portavoces mal ventilada.

Al principio fue el Verbo.

Y el Verbo dijo: “¡Coherencia!”

Y acto seguido firmó un acuerdo con su archienemigo político…

Juan Sergio Redondo había nacido.

Lo que ocurrió después fue una mezcla entre tragedia griega, sainete de barrio y performance postmoderna de estudiante Erasmus en Viena. Porque Juan Sergio no es político. Juan Sergio es una instalación viva en el salón de plenos, una especie de Escher ideológico, un cubo de Rubik al que alguien pegó mal las pegatinas.

Sus discursos son como una ópera rusa sobre hielo:  intensos, largos y difíciles de entender sin subtítulos. Su coherencia tiene tres velocidades: antes de pactar, justo después de pactar, y cuando niega haber pactado.

Mientras tanto, en otro plano existencial: Carlos Verdejo, el centurión firme de Ceuta, sostiene la lanza de la verdad sin temblor. No pacta, no negocia principios, y no se hace un lío en las entrevistas. Tiene una extraña manía: decir lo mismo en campaña, en los plenos y en los bares. Es decir, ser coherente. Un comportamiento completamente ajeno al manual de Juan Sergio, quien considera que la coherencia está sobrevalorada si no te da un sillón.

Redondo se indigna cada vez que alguien le recuerda lo que dijo la semana pasada. Se le inflaman los mofletes de autoridad, se arrebata la palabra, y suelta su mítica frase de guerra: “¡Yo siempre he defendido lo mismo! Solo que ahora con matices... y un nuevo socio de gobierno que antes era el caos comunista pero ahora es un compañero de responsabilidad institucional.”

¡Y se queda tan pancho!

Redondo es el único político español que tiene una agenda en papel, otra en el móvil y una tercera en su cabeza, escrita con tinta invisible, consultable solo por él y por su versión del multiverso donde siempre lleva razón.

Si la política es un teatro, Juan Sergio es el actor que cambia de personaje a mitad de acto sin avisar al público. Una especie de Doctor Jekyll & Mister “Eso-no-lo-dije-yo”, capaz de aplaudirse a sí mismo mientras se contradice en directo. Mientras tanto, Carlos Verdejo sigue ahí, estoico, sin disfraz, sin maquillaje, con una verdad que le da frío por las noches pero le deja dormir tranquilo.

Porque Carlos no quiso ser el favorito de los despachos, sino el portavoz del hartazgo. Y eso -ay, amigos- no se premia con medallas. Se premia con memoria.

Ulises Neurona no entiende a Juan Sergio. Pero lo respeta.

Como se respeta a una figura mitológica local: el Hombre que cabalgó la contradicción y creyó llegar a la coherencia.

 “Yo no pacté”, dice Juan Sergio, mientras firma el acta. “Yo no cambié”, repite, mientras se disuelve su grupo parlamentario. “Yo soy Vox” , grita, mientras Carlos Verdejo le responde desde el otro extremo del salón: “Tú eras Vox. Yo sigo siéndolo.”

Epílogo apócrifo:

Juan Sergio camina por el pasillo institucional con su propia sombra debatiéndole. Carlos Verdejo lo observa desde lejos y murmura: “Lo que él llama madurez, yo lo llamo claudicar."

Firmado:

Ulises Neurona.  La Neurona Apócrifa que empató con el Betis a domicilio, perdió con dignidad en el Bernabéu y aún grita "¡Coherencia!" en mitad del Pleno como quien lanza una bengala en una boda gitana.