martes. 04.10.2022

El veneno viste de blanco

La caja negra que nos acompaña me guarda, entre los sonidos más destacados, "Cuando el mar te tenga" de El Último de la Fila rompiendo la siesta de Bada Requena, Otero, Hadú y Avenida de Africa. Luego una sevillana perpetrada con eficacia para promoción de Leche Pascual y un himno sospechosamente parecido al de las mocitas madrileñas que adivinaban la salida de la Agrupación. Creo recordar que la primera vez que pisé un Estadio de fútbol el Ceuta derrotó por 1-0 al Alcoyano con gol de Jorge Antelo. Fue el año en que Manolo López Santana -mi primer ídolo futbolístico- rompió el record de Dino Zoff. Solo un partido loco en el Ciutat de Valencia (5-4) y algún tropezón final impidieron al Ceuta culminar con éxito aquella campaña y ascender a Segunda.

 

Mi padre, que venía de la época de los Ayala, Serrán, Conejo y Valenzuela, se cansó pronto de acompañarme al Murube. O mejor dicho, a mi me pedía el cuerpo escribir mi propio relato sentimental con la Agrupación, que coincidía en aquellos años con mi transición a la adolescencia.  Así que ahí me tenían, tratando de convencer al segurata de turno de que mi 1'88 de la época correspondía a un niño de doce años. Tardes en las que Julio Soler por la banda y Benito Floro en el banquillo empezaban a escribir la leyenda de aquel Albacete Balompié que en dos años pasó de Segunda B a Primera. Noches gélidas en las que se disputaban amistosos contra el Dinamo de Moscú -o eso nos dijeron que era- con unas almohadillas del Mundial 82 como única protección para aquel lugar donde la espalda pierde su casto nombre.

 

Luego llegaría la primera desaparición; un Murube abandonado a su suerte con sus vestuarios convertidos en nidos de ratas y refugio perfecto para la heroina que por entonces caminaba a campo abierto. Y llegaría el resurgir: Serna, Gabino  y (otra vez) Soler, que devolvían al Ceuta sus años de esplendor. Un gol de Etxarri, la clase de Ray, varias paradas de Ariel Romero y la sobriedad de Garmendia nos devuelven a Segunda B; el latrocinio de Antonio Pérez Riverol y la mejor parada que jamás soñó Rafa Ponzo nos cierran el ascenso a Segunda. Años de hazañas coperas contra Málaga, Betis y de visitas blaugranas en el torneo del K.O.; años de Silas, Juan Ramón, Juanma Alamillos,  Krios o una legión de caboverdianos a la que no le supimos sacar el provecho necesario. Intimamente, les confieso que a pesar de verle poco, casi ningún jugador con la camiseta del Ceuta me fascinó tanto como Gilson Silva.  Años en los que Perita o las infinitas fintas de Villatoro reivindican el papel de la cantera.

 

Y otra vez a Tercera. Y otra vez, con la nostalgia de tiempos pasados como bandera. Y otra vez a empezar. Como Sísifo y su mítica roca; como el Ave Fénix que resurja de sus cenizas. Y otra vez negando cualquier atisbo a la ilusión, pero con un ojo puesto en el calendario. ¿Y si es este año?. Vuelve septiembre. Vuelve la Agrupación. Y alejado de cualquier fanatismo, ese veneno de color blanco inoculado en mi caso hace treinta años contra el equipo que fue célebre por su moral. ¿Solo ellos?. No. En una irreductible aldea del Norte de Africa, los hay que llevan años soñando con que España entera aprenda aquello de ¡Agrupación, Agrupación, Agrupación!

El veneno viste de blanco
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