miércoles. 28.09.2022

La casa del sol naciente

Hay una casa en la ciudad en la que, si el cielo está despejado, es perfectamente posible ver como se tiñen de naranja las últimas horas de una rutina cualquiera. Una casa en la que, si ese atardecer coincide con el rastro de una lluvia reciente, puedes asomarte a su terraza para respirar la más hermosa de las fragancias, que siempre desprende la tierra mojada. Es una casa amplia y confortable, aquella en la que todos nos hemos soñado cumpliendo con los estándares de la riqueza: pastor alemán, barbacoa y hamaca para el verano. Se encuentra cerca de una playa y no muy lejos de las cajas de cerillas en la que vivimos la mayoría de los mortales. Una casa a la que pocos sabemos llegar, pero no voy a ubicar en el mapa para evitar que la visite quien no deba.

 

A esa casa, en la que a veces principia el sol, fui invitado hace ya algunos años para conocer a sus moradoras. Todas mujeres, con una historia que contarme y vivencias suficientes como para hacernos apreciar lo que tenemos a quienes nos quejamos de estrecheces y andanzas de cualquier nómina. En su interior se oía entonces la risa de un pequeño, se hablaban varios idiomas y, pese a todo, no faltaba hueco para la coquetería.

 

Hay una casa en la ciudad en la que se ven fotos de antiguas inquilinas, porque lo consiguieran o, tal vez, cayeran en el intento. Una casa en la que el hombre tiene el acceso reservado, pero en la que si tienes suerte te confían sus secretos. Secretos llenos de sombras; de vidas que se fueron por el desagüe con cada raya, jeringa o cada vez que alguien se trataba de convencer de "controlar" y poder dejarlo cuando quisiera; de poder hacer una nueva carambola para pagar y subirse de nuevo en el maldito carrusel.

 

Recientemente, alguien me volvió a hablar de esa casa. Y de quienes fueron mis (perfectas) anfitrionas, que ahora se enfrentan a lo complicado de la normalidad, pero con la mochila repleta de pesadillas  a cuestas. Mujeres en cuya mirada se apreciaba el peso de lo sufrido, pero también la esperanza del mañana. Mujeres a cuyo alrededor velan hombres cuya paciencia es el mejor bálsamo: ellos también han vuelto del infierno para contarlo Tal vez, nunca vuelva a verlas. Pero espero que sus rostros y su historia hayan quedado ante las nuevas como inspiración para no volver jamás a la hermosa y ateradora casa del sol naciente.

La casa del sol naciente
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