viernes. 12.04.2024

Odio eterno al fútbol moderno

El siglo XX puede ser recordado por muchas cosas, como el nacimiento de nuevas religiones sin dioses, de nuevas liturgias que llevan apenas unas décadas entre nosotros pero que parecen estar desde la Edad Media. Una de ellas es el fútbol: a los excéntricos ingenieros ingleses que comenzaron a practicar un extraño juego con una pelota en las minas de Río Tinto les costaría trabajo entender que, siglo y poco después, España elevaría a los altares de las hazañas colectivas ganar un campeonato del mundo de ese deporte.

 

Contaba Angel Cappa que decidió dejar de entrenar el día en que llegó a un vestuario y se encontró a tres personas por futbolista: cada cual con su Community Manager, jefe de prensa y asistente personal. El viejo entrenador, fajado en el fútbol canchero de esa Argentina imprescindible en este deporte, comprendió que aquel fútbol ya no era de este mundo. Era de las redes sociales, de los fondos de inversión (si: un mediapunta ya no tiene por qué ser propietario del club que le paga, sino en porcentajes de un fondo de capital riesgo y de la marca que le patrocine), de las redes sociales y de los sponsors.

 

Si, soy futbolero. El deporte más igualitario que existe: el gordo o el flaco, el negro el blanco, el pobre o el opulento, el rápido o el lento pueden practicar este deporte, sea con una naranja y cuatro piedras o en un lujoso recinto privado. El fútbol que inspiró poemas de Alberti o en el que Albert Camus decía haber encontrado toneladas de nobleza.

 

No, no soy futbolero por mucho que cualquier estrella, de fama mundial o medio pelo, parezca un hombre anuncio. Lo soy por la leyenda del Nottingham Forrest,porque creo en la democracia corinthiana, porque mi Huelva tiene una ría que es blanquiazul y Decana o por aquel estadio de Atocha que tenía porterías de madera pintadas con alquitrán y en el que los aficionados podían tocar al portero visitante. Soy futbolero porque 90 minutos en el Bernabéu son "molto longui", y porque aún me estremecen las galopadas de Ronaldo Nazario, la arquitectura perfecta que emanaba de las botas de Andrea Pirlo o Xavi Hernández y los vellos se me erizan cuando recuerdo que, en el gol que levantó a todo un país, me dio tiempo a susurrar "Andrés, por tus muertos" mientras Fábregas centraba un balón para que cuarenta y tantos millones de españoles cambiasen los garrotazos goyescos por un abrazo teñido de rojo.

 

Yo vi jugar a Diego Armando Maradona, el más grande de todos los tiempos, y ver como ponía a Argentina, cojo, en la final de un mundial. Yo vi defender a Paolo Maldini, me supo a Champions el gol de Dani Martín contra Osasuna y henchí mi orgullo de ceutí con el "Nayimazo" y aquel gol de Akilino Etxarri contra el Villafranca de Barros. Me cuentan desde Canarias que Antonio Pérez Riverol es un tío fantástico; no lo dudo, pero aún me revuelve escuchar su nombre.

 

Yo coleccioné estampitas, le sisé el periódico a mi padre para comprobar las quinielas y me las ingeniaba para ver Estudio Estadio. El fútbol es parte de mi vida. O lo era, hasta que jerifaltes de uno y otro bando lo ensuciaron y lo convirtieron en un negocio, tan frío como hedonista, sin principios ni valores. Un mundial en un país con menos tradición que ninguno, a jugarse en diciembre por el calor y en el que han muerto decenas de obreros en condiciones lastimosas. Un premio a un país en el que si eres mujer u homosexual, tienes un problema. Eso de un lado; del otro, una Superliga inventada para manejar más dinero. Más dinero, tirando por tierra décadas de hazañas en las competiciones europeas y, quien sabe, si nacionales.

 

Un fútbol contrario a si mismo y sus principios; un juego para ricos y otro para pobres. ¿Qué será de aquel invento británico con la franquicia como pasaporte a la gloria, y no los méritos de la temporada anterior?. No: si ese es el futuro, reniego de el. Igual voy para viejo, pero prefiero lamentarme de no haber visto a Pelé, La Máquina de River o el Torino de Rigamonti, quedarme con Tardelli en el Bernabéu o Eusebio rezando sin premio delante de una tumba en Viena como símbolo, antes que  con una gráfica de beneficios que marque la frontera entre el fútbol de etiqueta negra y el del resto de mortales.

 

Odio eterno al fútbol moderno, pues.

Odio eterno al fútbol moderno