viernes. 12.04.2024

Pido perdón

No: hoy no voy a glosar la Carta Magna. Hoy no voy a recordar aquello de la Transitoria Quinta ni el abrazo de fraternidad que nos dimos los españoles tras la larga noche de la dictadura, etc, etc. Hoy, simplemente, voy a pedir perdón.

 

Perdón, en mi condición de español nacido trece meses antes que la Carta Magna. La mía era la generación llamada a meter a nuestro país entre los mejores del mundo, a hacer de España una arcadia de progreso, entendimiento y paz que asombrara al mundo. Íbamos a aprender idiomas, a viajar por el mundo, conocer Edimburgo antes que Segovia, a corregir todo aquello que nos legó el franquismo. Pido perdón.

 

Pido perdón, en primer lugar, a los pocos que aún quedan de aquellos que saben muy bien de que hablamos cuando nos referimos a una guerra civil. Ellos no necesitaron documentales, libros o películas; en algún lugar de su cerebro son capaces, o lo fueron, de recordar el olor de la pólvora humeante en el Ebro o Badajoz, de reconocer el ruido de un cañonazo. Pido perdón porque me avergüenzo de las privaciones y renuncias que -todos- hicieron hace casi medio siglo, para que ahora sus nietos estemos hablando de quemar iglesias como en el 36 o fusilar a 26 millones de personas.

 

Pido perdón por no haber podido hacer más para evitar un problema verdadero: la equivalencia. Ponemos en el mismo lado de la balanza a la víctima y al verdugo, "algo habría hecho" (fuere la mujer asesinada o la víctima de ETA), "sus motivos tendría" (fuere el cabrón que mata a golpes, el que reventó Atocha o el que puso el vehículo a toda pastilla por Las Ramblas), y buscando los tres pies al gato, tiramos por tierra la palabra de la ciencia y la equiparamos al primer cantamañanas que pase por la esquina a convencernos de que la tierra es plana. Nos indignan, con razón, sentencias como las de La Manada, pero no queremos ni oir hablar de la cadena perpétua no sea que nos digan que no somos demócratas.

 

Pido perdón, porque hemos sido incapaces no solo de acabar con la marginalidad, sino que esta ha ido aumentando a lo largo y ancho de todo el país. Me siento avergonzado porque nos hemos quedado con el eslogan sin ir más allá. Me explico: sorprende que nos sigamos creyendo que somos la generación mejor preparada de la historia, cuando muchos de sus miembros, licenciatura al ristre, escriben con más faltas que la consulta de un ginecólogo. Debatimos sobre la "plurinación", "la recentralización" o "la diversidad", sin pararnos a pensar ni cinco minutos en que consiste cada cosa. Nos hemos acostumbrado a que una Ley Educativa dure, más o menos, lo que permanezca en el cargo el ministro que la aprueba. Se cae de ella la Filosofía: el pensamiento, la capacidad de raciocinio. Pero a Twitter, a trolear.

 

Pido perdón, porque nos hemos olvidado escalofriantemente pronto del dolor de 800 y pico víctimas mortales del más fanático movimiento supremacista que conoció Europa, Balcanes al margen, desde la II Guerra Mundial. El homenaje es de fachas, y el perdón -cada víctima, que haga lo que quiera- de rojos. Así de simples somos.

 

No hemos sido capaces de acabar con la leyenda negra -que existe, ¡claro qué existe!-, sino que encima lo fomentamos porque no somos "un país de verdad". Mis más sinceras disculpas porque cada día toleramos menos al que piensa diferente. Nosotros, con nuestra verdad, representamos la verdadera esencia de la democracia. El resto, subordinados de extrañas conspiraciones para someter al pueblo. Da igual a quien votemos. Tuvimos un instrumento para hacer una sociedad más igualitaria, y lo hemos convertido en una sucesión de caciquitos locales y autonómicos: ser hijo de "Don Fulano" sigue siendo rentable.

 

Podría pedir perdón por muchas más cosas, en nombre propio y de mi generación, pero acabo con las disculpas que me son, hoy, más dolientes. A ellos: a los que no hicieron otra cosa que trabajar como animales, a la generación del pan duro para nosotros y el filete para el niño. A los que fueron el núcleo de resistencia contra la crisis de 2008, y se lo hemos pagado dejándolos morir solos en asilos vergonzosamente gestionados y abandonados a su suerte. Mientras, nuestros políticos -la actual es la primera generación copada, en su dirigencia, por gente nacida en la Democracia- haciendo dejación de funciones. A lo nuestro: a jugar a traer Repúblicas o a acusar de genocidio al contrario.  Ellos se morían y nosotros difundiendo nuestros odios por WhatsApp, retándonos en las ventanas para hacer más ruido que el adversario, convocando manifestaciones y criticando a quien también lo hacía para manifestarse en sentido contrario. Damos vergüenza.

 

Y, sin embargo, se mueve...

Pido perdón