viernes. 30.09.2022

¿Se acuerdan de La Palma?

No le falta razón a ciertos defensores a ultranza de Pedro Sánchez cuando afirman que a este hombre le ha pasado de todo desde que accedió a La Moncloa. Cada vez que surge la conversación, apostillo que un presidente está -o debe estar- preparado para cualquier cosa que surja. Pero tantos acontecimientos capaces de modelar el futuro de una generación en cuestión de meses no se le recuerdan a un presidente desde aquellos años de plomo y matanzas en despachos laboralistas de la UCD.

 

De uno de esos acontecimientos está próximo a cumplirse el primer aniversario. Si nuestra generación no había conocido nunca una pandemia, si el mundo -salvo en algún capítulo del Decamerón- no tenía precedente de confinamiento alguno, tampoco habíamos visto como la tierra se abría y escupía fuego desde el más profundo de los infiernos.

 

De vez en cuando hago borrado de audios y fotos que ya no me sirven en el teléfono. Y hay uno que he vuelto a oir esta tarde, pero me he negado a borrar. Imaginen una respiración de alguien que hiperventila, a quien le falta el aire, con incluso algún alarido. "Así suena un volcán, Juanjo", me decía Alberto Zerpa dos días después de que estallase el Cumbre Vieja.

 

Ahora todos estamos pendientes, y es lógico, de la España que arde. De esa España que, si es en comunidades socialistas, se quema por el cambio climático y si es en comunidades del PP por una mala gestión. Y viceversa.  Echar la culpa al empedrado, por sistema, va a terminar por darle la razón a los que dudan de las bondades del sistema autonómico.

 

Pero hagámosles un favor a las gentes de Ávila, Extremadura, Zamora, Orense, Aragón y tantos sitios donde el fuego ha devorado proyectos enteros de vida: no los aplaudamos ahora, no colguemos fotografías y montajes sensiblones. Comprometámonos, todos, a no olvidarnos.

 

Porque aunque los medios de comunicación nos hayamos olvidado, a pesar de que nos parezca que fue hace mil años, La Palma no está reconstruida. Hay familias enteras que siguen teniendo problemas para encontrar una vivienda. Hay autónomos que vieron como sus negocios y perspectivas murieron bajo la lava de un volcán.

 

Nunca he estado en Canarias. Apenas tuve una intentona medio seria de ir a Tenerife, pero tampoco cuajó. Pero creánme que me siento plenamente identificado cuando Ana Oramas se queja con amargura desde la tribuna del Congreso de que el tópico siempre rodea a esa España lejana. El archipielago y Melilla son los dos territorios que más me duelen sin haberlos pisado nunca. Porque como dijo alguno, no me entiendo sin África. Y no me entiendo sin admirar a César Manrique cada vez que paseo por la Marina, sin la técnica perfecta de Alfredo Kraus, sin admirar la elegancia de David Silva o la magia de Juan Carlos Valerón, o sin contarle a los más jóvenes del lugar que un canario batió en Ceuta el récord de imbatibiliad. Y, por supuesto, no me entiendo sin tantas aventuras que me hizo soñar Alberto Vázquez-Figueroa: haber hablado con el de sus libros es una de las cosas que tengo que agradecerle a esta profesión. Pero Canarias, como todo en mi  España africana, es mucho más que eso. Odio a los localismos empequeñecedores, como dijo Albert Camus amo tanto a mi país que jamás podría ser nacionalista,  pero por el aislamiento, el tópico o lo que sea: nadie debería entender mejor a un canario que un ceutí o un melillense. Y al revés.

 

El volcán se apagó. Se fueron José Andrés, el Padre Ángel, la Casa Real, todos los dirigentes nacionales y los medios de comunicación.  Pero el problema sigue estando ahí. El olvido, ahora a La Palma o el año que viene a Ávila y Extremadura, es la peor condena a la que podamos someter a los compatriotas que sufren. Si mañana van a comprar, recuerden que el Plátano de Canarias sigue siendo el mejor del mundo. Porque, aunque hayan pasado de moda, diez meses después los palmeros nos siguen necesitando. Y, si me apuran, tanto como hace un año.

¿Se acuerdan de La Palma?
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