jueves. 04.06.2026

Gistau y Navajas: dos cumbres, dos caminos, una misma altura

David Gistau y Santiago Navajas
David Gistau y Santiago Navajas

En un ecosistema mediático saturado de consignas, la columna —ese género breve, a ratos despreciado— ha demostrado en España que puede alzarse hasta una altura inesperada: la literatura y la filosofía en estado de servicio público. En esa cima se recortan dos siluetas distintas pero complementarias: David Gistau y Santiago Navajas. El primero, cronista literario total, convirtió la vida contemporánea en relato con una voz que no se olvida. El segundo, filósofo de combate, ha hecho de la columna un microensayo afilado con el que desactiva las supersticiones de la política y la cultura. Juntos son la prueba de que, cuando hay talento y verdad, una página basta para conmover o iluminar.

I. David Gistau: el narrador que le devolvió alma a la columna

David Gistau (1970–2020) murió en febrero de 2020, a los 49 años, tras una lesión cerebral que lo mantuvo ingresado varios meses. Su muerte dejó un hueco que todavía se nota: colegas de oficio, lectores y adversarios ideológicos coincidieron en algo extraño en nuestro tiempo, el reconocimiento unánime de una voz mayor. No se perdió solo a un periodista; se apagó una mirada.

Gistau venía de la escuela de la crónica: entendía que el periodismo no es únicamente administrar datos, sino dar forma al significado de lo que nos ocurre. De ahí su mezcla única de referencias: Hemingway y un bar de Chamberí, Camus y la conversación del taxi, el Atlético de Madrid y Kabul. El resultado era una literatura de lo real: uno leía una columna suya y sentía que había estado allí, en esa cocina, en esa grada, en esa noche.

Su técnica tenía tres motores:

1. Narratividad: cada pieza empezaba en escena. No te decía qué pensar: te mostraba.

2. Cultura popular sin complejos: fútbol, música, cómic, boxeo. Todo valía si era verdadero.

3. Autenticidad: hablaba de su paternidad con la misma seriedad con que describía una guerra. Nunca posó; vivió y escribió.

Ese realismo cálido, con ironía sin crueldad y melancolía sin impostura, hizo escuela.

Muchos lo han intentado imitar; casi nadie ha logrado su equilibrio entre estilo y honestidad.

Cuando murió, lo que se lamentó no fue la ausencia de una firma famosa, sino la pérdida de un modo de estar en el mundo: atento, libre, con el humor de quien ha visto cosas y no
necesita gritar para contarlas.

II. Santiago Navajas: la filosofía aplicada que no se deja intimidar

Si Gistau trabajaba con escenas y atmósferas, Santiago Navajas trabaja con conceptos y argumentos. Su columna no “comenta” la actualidad; la interpreta. En un párrafo puede citar a Popper, Nietzsche u Orwell y, en el siguiente, desmontar una consigna del día con una claridad que desarma. Es —en el sentido fuerte— un filósofo público.

Su método es reconocible:

Definir el problema más allá del ruido: ¿de qué hablamos realmente?

Separar hechos de retórica: ¿qué es dato, qué es énfasis, qué es propaganda?

Argumentar con ironía seca: no hiere para humillar, sino para abrir ojos.

Concluir con una toma de posición racional, no tribal.

En un tiempo donde el prestigio viene de adhesiones y tribus, Navajas mantiene la intemperie del pensamiento. Por eso irrita: porque obliga a pensar cuando muchos preferirían sentir en equipo. Su defensa del liberalismo ilustrado, su crítica de la posverdad ysu insistencia en políticas evaluables (desde la energía a la educación) lo sitúan en una tradición exigente: la de quienes creen que la libertad y la verdad no se negocian.

III. Dos cumbres, dos funciones: emoción y razón

La grandeza de ambos se entiende mejor si los pensamos como funciones complementarias de la inteligencia pública:
Gistau rescata la experiencia: nos recuerda que la política ocurre en la vida de la gente —en la barra del bar, en el cuarto de los niños, en la grada un domingo lluvioso—. Nos devuelve la densidad humana del presente.

Navajas rescata la razón: nos recuerda que la vida pública se degrada cuando renuncia al criterio, a la prueba, a la coherencia. Nos devuelve el hábito de pensar. El primero cura la anemia emocional de un debate deshumanizado. El segundo cura la anemia intelectual de un debate sentimental. Juntos, corrigen la doble deriva del espacio público: el cinismo y la credulidad.

IV. El firmamento alrededor: maestros, memoria, sistemas, provocación y rigor

Para calibrar su singularidad, conviene verlos entre sus contemporáneos: Fernando Savater: maestro de la ética ilustrada, educador cívico, defensor de la libertad con claridad pedagógica. Su lugar es el magisterio.

Andrés Trapiello: orfebre de la memoria y la lengua, más próximo a la literatura que a la arena del día a día. Su lugar es la tradición.

Antonio Escohotado (†): constructor de sistemas y genealogías intelectuales; torrencial,enciclopédico. Su lugar es la amplitud.

Fernando Sánchez Dragó (†): provocador literario; la vida como obra y escenario. Su lugar es la heterodoxia escénica.

Félix Ovejero: rigor académico aplicado a la política democrática; precisión conceptual y valentía. Su lugar es la consistencia.

Todos decisivos; ninguno hace exactamente lo que hacen Gistau y Navajas. Ellos traen a la columna —género breve y vertiginoso— vida (Gistau) y razón (Navajas) en alta concentración diaria.

V. Por qué importan hoy

1. Contra la propaganda: Gistau mostraba lo que la propaganda oculta: las personas. Navajas muestra lo que la propaganda disfraza: los argumentos.

2. Contra la impostura: Ambos desconfían del postureo. El yo de Gistau no es narcisismo; es punto de vista al servicio del lector. El yo de Navajas no es autoridad; es responsabilidad de pensar en voz alta.

3. Contra el sectarismo: Gistau sabía empatizar sin renunciar a sus preferencias; Navajas sabe discrepar sin renunciar al respeto. Dos habilidades que el clima público ha ido
perdiendo.

VI. El hueco que dejó Gistau y la exigencia que plantea Navajas

La muerte de David Gistau no fue solo una noticia triste: fue un diagnóstico. Descubrimos cuánto necesitamos relatos verdaderos en un país que a menudo se explica a sí mismo mediante consignas. Desde 2020, uno siente que falta una mirada capaz de contar Madrid sin folclore, la paternidad sin azúcar, la política sin sermón. Ese hueco nos obliga a exigir
más a quienes escriben: que vivan antes de dictar sentencias.

Santiago Navajas, por su parte, nos coloca otra exigencia: no abdicar del pensamiento en el territorio del tweet. Su constancia demuestra que la filosofía no es para auditorios escolásticos, sino para portadas y cafés, y que una buena columna puede ser una clase magistral de lógica camuflada de actualidad.

VII. Una herencia practicable

La huella que dejan no es un panteón para admirar de lejos; es un manual de uso para quien quiera escribir (o leer) mejor:

De Gistau: salir a la calle, escuchar, mirar sin cinismo, elegir la palabra justa, no impostar.

De Navajas: definir términos, pedir pruebas, identificar falacias, separar emoción legítima de chantaje emocional.

Es, en el fondo, una ética: tratar bien al lector. No engañarlo, no usarlo, no aburrirlo.

Contarle algo de verdad o pensar de verdad con él.

VIII. Coda: dos alturas que dignifican un país

Que un país tenga a un cronista como Gistau y a un filósofo público como Navajas dice algo bueno de su cultura: que todavía hay un espacio donde la inteligencia y la decencia pueden trabajar juntas. Gistau nos sigue hablando —porque los grandes no se callan al morir— cada vez que abrimos una recopilación suya y encontramos ahí una vida vivida a pluma alzada. Navajas nos habla cada semana recordándonos que pensar es un acto de valentía y, a la vez, de servicio.

Si la columna española tiene hoy otra dimensión, es por ellos. Por el hombre que convirtió la vida en literatura y por el pensador que convirtió la actualidad en filosofía. Dos cumbres. Dos caminos. Una misma altura.

"La medida de un hombre es la de lo que fue capaz de decir en un mundo que premia al esclavo por callar"


Jesús González
Think Tank Hispania 1188

Gistau y Navajas: dos cumbres, dos caminos, una misma altura