Está demostrado que las variaciones de la intensidad de luz afectan a nuestro reloj biológico y provoca lo que llamamos depresión estacional. Algunos de los síntomas son: falta de energía, disminución de la motivación, torpeza física, aumento del apetito (en especial de carbohidratos y dulces), cansancio excesivo, irritabilidad, falta de libido o trastornos del sueño que provocan desajustes en nuestro organismo alterando nuestro ritmo de vida.
La disminución de las horas de luz, debido a este cambio de hora, da lugar también a cambios hormonales, entre los que destaca el aumento de producción de melatonina durante el día. La melatonina es una hormona producida en la glándula pineal, situada en el cerebro, que participa en numerosos procesos celulares y neurofisiológicos. Se sintetiza y segrega en función de la cantidad de luz que recibimos. La falta de luz provoca que la concentración de melatonina sea mayor durante esta época del año. Por norma general, la falta de esta hormona produce insomnio, mientras que su aumento produce somnolencia. Por este motivo, parece que tenemos la necesidad de querer quedarnos todo el día en casa y no hacer ningún plan, la también llamada inactividad estacional. A esto hay que sumarle que el aumento de melatonina, reduce los niveles de serotonina, fundamental en la regulación del estado anímico. De ahí esa sensación continua de no tener ganas ni ánimo para hacer nada, especialmente en los primeros días tras el cambio de hora.
Pese a lo negra que parece la situación hay algunos hábitos que pueden hacer que este cambio sea menos traumátivo y que pasan por cuestiones básicas como practicar ejercicio físicos, que libera endorfinas y contribuye a elevar el ánimo, dormir un mínimo de ocho horas, para evitar esa sensación continua de irritabilidad o falta de energía y consumir alimentos saludables, que contribuyan a una sensación de bienestar completa.
