No pintaban bien las cosas para el Rey Ramiro I en la batalla de Clavijo (La Rioja), en el año 844. Las tropas contrarias, dirigidas por Abderramán I, les superaban en número y aciertos. Cuenta la leyenda que el monarca, pese a todo, pudo conciliar el sueño y en el se le apareció un pescador de Galilea, montado sobre un corcel blanco y blandiendo una espada al cielo. Se le presentaba como el apóstol Santiago, que le animó a luchar con valentía en lo terrenal, que de la ayuda divina ya se encargaría el. Por supuesto, la historia acabó con victoria hispana, según la tradición oral de unos hechos que se datan en el año 844.

Desde entonces, obviamente, mucho ha llovido. Hasta el punto de que los hombres y mujeres que lucen el uniforme de Caballería se han desplazado hacia el lugar de origen del apostol enterrado bajo un Campus Stellae, campo de estrellas, Compostela. El mismo camino que hace miles de años hizo, tras predicar el cristianismo, el propio Santiago el Mayor. El fue decapitado por orden de Herodes Antipas: los que se encomiendan a su patronazgo han ido a poner paz en un conflicto lejano, de difícil resolución.

"Han cumplido como los buenos, mi general", dice el coronel García Tafalla dirigiéndose al comandante general, Marcos Llago, en una parada militar muy especial. La primera en el escenario de nueva normalidad. La primera, también, del propio coronel al mando de MONTESA. Y la primera tras el regreso de los soldados de Caballería del Líbano. "No estuve aquí para despediros, pero tuve el honor de recibiros", dice quien apenas lleva meses al frente del acuartelamiento.

"Santiago, y cierra España", clama el castizo grito, popularizado curiosamente por las aventuras del Capitán Trueno. Santiago, y cierra España concluye el himno de Caballería. En la tribuna de autoridades, entre entregas de medallas y despedidas de la bandera de militares que pasan a la reserva, están el presidente de la Ciudad, Juan Vivas, el vicepresidente del Gobierno, Carlos Rontomé y la parlamentaria en el Congreso, Teresa López. Santiago, y cierra España, se masculla entre los invitados a un acto que concluye con la buena sensación que siempre dejan los reencuentros. Con los amigos, con el familiar que desfila, con los viejos compañeros de armas. Lo peor de la pandemia -por desgracia seguimos lamentando fallecimientos- parece haber pasado. Y sea a aquel pescador nacido a orillas del río Tiberiades que se ganó la confianza de un hombre venido de Nazaret o sea a quien sea, es de agradecer que al fin impere la normalidad. Es decir: la vida.

