El desgaste generado por la repetición del juicio empieza a influir en la vista por la muerte de Mari Ángeles Lozano, en 2022, en su domicilio, como víctima de un disparo. La segunda sesión celebrada este miércoles estuvo protagonizada por los testimonios de sus familiares, menos detallados que en la primera ocasión. Aquella vez, el acusado, marido de la fallecida, el policía local Alonso Miguel G.D. fue condenado a más de 35 años de cárcel no solo por asesinato, sino por otros delitos entre los que se incluía el de maltratos habituales.
Este tipo parece más difícil de conseguir en la repetición. El cansancio y la obligación de ofrecer por segunda vez un traumático testimonio ha llevado a que en este miércoles los allegados de Lozano se hayan mostrado menos detallistas a la hora de ofrecer su versión sobre cómo el hombre presuntamente maltrataba a la mujer fallecida. Base de la tesis de Fiscalía y Acusación que consideran que el agente municipal asesinó a su mujer a sangre fría tras años ejerciendo violencia -principalmente psicológica- contra ella.
Por contra, la defensa, tampoco pareció conseguir avanzar en su intento por reducir el caso a un homicidio imprudente condicionado además por la salud mental del hombre. El testimonio de la madre del acusado, aparentemente muy precocinado y dirigido, encontró fuerte oposición en el relato de cuatro familiares de la otra parte. Además, aunque por momentos pareció muy factible que puedan concretarse atenuantes por enfermedad mental; los testimonios de la médica que atendió en Urgencias al hombre pocos minutos después de su detención y el de un empleado del servicio de Riesgos Laborales de la Ciudad Autónoma, parecieron diluir de momento esa posibilidad.
Control total y antipatía por parte de un hombre insoportable
La sesión comenzó con el testimonio de los familiares de Lozano, que pidieron un biombo que les separara del acusado, vestido de forma idéntica al día previo, con americana y camisa azul
Desde el otro lado de la madera separatoria el cuñado de la fallecida aseguró que la mujer y los niños -la que presenció el suceso y el más pequeño, aún menor- sufrieron durante años: "Este hombre siempre estaba de mal humor, siempre era arisco. Todo lo que hay en este mundo lo tiene este hombre", apostilló el allegado, que compartió muchas vacaciones familiares con el acusado.
Tanto él, como la hermana de la fallecida y el hijo de ambos hablaron de una conducta "egoísta". "El se cogía la mejor habitación, comía antes que nadie y siempre buscaba bronca con todo el mundo".
Una conducta que a juicio de los tres se fue agravando con los años y que a su parecer no responde a ningún problema de salud mental: "No sabíamos que fuera al psiquiatra", coincidieron.
Aplicó la lógica del desgaste y, al verse obligados a repetir testimonio este pasó a ser mucho menos detallado que en la ocasión previa, en la que el maltrato habitual pareció sobradamente justificado.
Hubo además una significativa modificación respecto al juicio previo. La hermana de la mujer había apuntado en la vista anterior a las intenciones de Lozano de separarse de Alonso Miguel G.D., dijo en esta ocasión no haberlo hablado con ella directamente: "Estábamos hablando, la llamó él y se tuvo que ir", comentó, en una referencia también coincidente con la del resto de parientes, que apuntan a constantes llamadas por parte del marido cuando no estaba en casa para que volviera.
Ese conjunto de actitudes llevó a que la fallecida "se fuera apagando" y dejara de quedar con sus amigas para ser "cada vez más dócil": "Ella se hacía cargo de todo. Del trabajo, de los niños, de la casa (...) estaba para servirle", zanjaron.
Los hilos que mueven a una madre
La defensa afinó más su estrategia. Había renunciado ayer a la hermana del acusado como testigo y puso en la palestra hoy a la madre, que repitió casi palabra por palabra lo dicho antes, respondiendo a su manera a las preguntas que le hacían, en un testimonio aparentemente bien preparado.
Describió a su hijo como un hombre enfermo desde antes de casarse con Lozano. "Le quitaron la pistola antes de entrar en la Policía Local", llegó a decir en una confusión, tratando de explicar las dos ocasiones en las que le retiraron el arma. También aseguró que la familia de la mujer conocía su condición mental, algo que el resto niegan.
Para ella, la relación entre su hijo y la fallecida era básicamente idílica: "Me decía que si lo dejara se moría de pena. Jamás los he visto discutir. Tenían una relación de las mejorcitas. Lo juro ante Dios", afirmó la veterana, que también estima que su hijo y sus nietos se llevaban estupendamente y él era un padre entregado, que pagaba la hipoteca y guardaba dinero por si tenían que cursar formación superior fuera de la Ciudad Autónoma: "Quería que estudiasen una carrera. Estaban estudiando el bachiller y todo (...) Esos niños han tenido después todos los caprichos del mundo, los llevaron a París como regalo de su comunión", agregó.
La Fiscalía le sacó las costuras a la mujer preguntándole por cuál es la enfermedad mental que sufre Alonso Miguel G.D. De nuevo, como en el juicio previo, la madre sacó un papel en el que dice llevar los nombres apuntados desde hace más de dos décadas. También dinamitó en un momento otro de los atenuantes de la defensa, el de alcoholismo: "Yo no le he visto beber nunca. Igual una cerveza cuando venía a casa con un poco de queso o unas aceitunas", señaló.
Seguidamente cambió su versión sobre como se enteró del presunto asesinato el 14 de marzo de 2022. La vez previa dijo que su hija le había llamado diciendo que la niña -por la hija de Lozano- había matado a su madre de un disparo. Esta vez señaló que su otro vástago fue quien la llamó para decirle que "algo había ocurrido entre 'Alonso' y su mujer"
Sin rastro de la enfermedad mental
Intervinieron después en la sala tres vecinos que aseguraron no haber oído jamás discusiones entre la pareja y cerraron la ronda de testigos una doctora en medicina, el jefe de la Policía Local y uno de los trabajadores de Riesgos Laborales de la Ciudad Autónoma.
La primera, facultativa que atendió al acusado el día de los hechos una vez detenido, aseguró que el hombre en ningún momento le transmitió que tuviera una enfermedad mental. También afirmó que estaba en sus cabales en aquel momento, descartando que en la jornada de autos tuviera la percepción alterada.
Por su parte, el jefe de la Policía Local dio cuenta de que Alonso Miguel G.D. era un miembro poco práctico del cuerpo, el último de los agentes de mercado, al que intentaron sacar de su puesto en San José por considerarse una figura obsoleta y poco útil. Una sentencia judicial le mantuvo en esa ocupación, a la que un día acudió en chanclas siendo sancionado.
Confirmó que al hombre -antes de que el jefe actual ocupara la cabeza de la Policía municipal- le retiraron dos veces el arma. También que por ley puede llevar la pistola cargada, o cargada y alimentada, es decir, habiendo subido una bala a la recámara, lista para disparar, como cuando el acusado entró en la cocina donde perdió la vida su mujer; y que tenía derecho a guardarla en su casa.
Por último, el miembro del servicio de Riesgos Laborales vino a confirmar que en los test a los que someten a los agentes, este nunca reveló enfermedad mental alguna, ni consumo de medicación.
