La promesa de un flamante recinto deportivo si el equipo asciende contrasta con la realidad de miles de ceutíes que malviven en barrios olvidados.
La noticia ha caído como un jarro de agua fría o caliente, según se mire en una ciudad acostumbrada a las contradicciones. El presidente de la Ciudad Autónoma ha anunciado su apuesta por la construcción de un nuevo estadio para el Ceuta si el equipo logra consolidarse en Segunda División. Una infraestructura moderna, digna de la categoría, que situaría al club en el mapa del fútbol profesional. Sobre el papel, suena bien. Sobre el asfalto agrietado de demasiadas calles ceutíes, suena a broma de mal gusto.
Nadie va a negar que el equipo merece unas instalaciones a la altura. Que los aficionados sueñen con un estadio del siglo XXI es legítimo. Que el deporte sea un motor de ilusión y cohesión social, innegable. Pero mientras se diseñan bocetos de gradas relucientes y césped impecable, convendría que alguien recordara al presidente que hay barrios enteros de esta ciudad donde el único césped que crece es el del abandono institucional.
Porque en Ceuta hay familias que no llegan a fin de mes. No es una frase hecha ni un recurso retórico: es la realidad documentada que cualquier trabajador social puede confirmar sin despeinarse. Hay hogares donde el dilema no es ir o no al estadio el domingo, sino elegir entre pagar la luz o el agua. Hay niños que este invierno pasarán frío mientras sus padres malabarean con mantas y estufas de butano porque la calefacción es un lujo inalcanzable.
Hay barrios marginados —llamémoslos por su nombre— donde las infraestructuras brillan por su ausencia, donde el futuro se escribe con faltas de ortografía porque la inversión educativa nunca llega, donde la palabra "oportunidad" suena a idioma extranjero. Barrios que no salen en las fotos oficiales, que no aparecen en los planes de desarrollo, que parecen existir en una Ceuta paralela a la de los grandes anuncios.
¿Es incompatible un estadio nuevo con la atención a los más vulnerables? En teoría, no. En la práctica, cuando los recursos son limitados y las prioridades deben establecerse, cada euro invertido en cemento y butacas es un euro que no va a comedores sociales, a rehabilitación de viviendas, a programas de empleo, a ayudas energéticas para que las familias pasen el invierno con dignidad.
No se trata de estar en contra del deporte o del progreso. Se trata de no perder la perspectiva. De no confundir el escaparate con la trastienda. De entender que una ciudad no es grande por sus estadios, sino por cómo cuida a sus ciudadanos más frágiles. Y que de poco sirve consolidarse en Segunda División si media ciudad sigue en tercera, o en regional preferente de la dignidad.
El presidente habla de apuestas. Pues bien: la verdadera apuesta debería ser por esas familias que sobreviven en los márgenes, por esos barrios que resisten el olvido, por esos niños que merecen algo más que promesas deportivas. Porque un estadio puede esperar. El frío de este invierno, no.
Mientras tanto, Ceuta seguirá siendo esa ciudad de contrastes donde se proyectan sueños de hormigón sobre cimientos de desigualdad. Donde el balón rueda, sí, pero demasiados ciudadanos se quedan fuera de juego. Y eso, con estadio nuevo o sin él, no tiene nada de elocuente. Tiene mucho de vergonzoso.
Jose Carbonell Buzzian