Por unos días, el Teatro Auditorio Revellín ha dejado de ser solo un teatro. Se ha convertido en un universo mutable, un refugio de luz, color y libertad donde niños y niñas han recuperado el protagonismo de sus propios juegos. La artista ceutí Elsa Rovayo, conocida como ‘La Shica’, ha estado al frente de esta transformación con su instalación inmersiva ‘Jugar con la luz’, una experiencia basada en el juego libre y la creatividad espontánea.
Durante más de dos semanas -desde el 28 de abril hasta este jueves-, alumnos de prácticamente todos los centros de la ciudad han pasado por este espacio sin normas, sin objetivos impuestos, sin instrucciones. Solo materiales sencillos y un entorno acogedor, diseñado para que la imaginación sea la única guía.
“Esto es una escenografía interactiva. Los niños son co-creadores. Yo solo les doy materiales no estructurados, cosas que no tienen una forma clara. Ellos deciden qué son y para qué sirven. Y lo que hacen con eso… es pura magia”, explica Elsa, rodeada de luces de neón, rotuladores fluorescentes y miradas curiosas que preguntan sin hablar.
Una infancia dirigida, una propuesta libre
La reflexión que subyace en este proyecto va mucho más allá del juego. Elsa lanza una crítica sutil pero firme a la hiperorganización de la infancia actual: “los niños de hoy no juegan como jugábamos nosotros. Nosotros salíamos solos, nos inventábamos mundos con dos piedras y un palo. Hoy todo está dirigido, todo tiene que estar supervisado por un adulto. Y eso limita muchísimo su desarrollo”.
Frente a esa rigidez, ‘Jugar con la luz’ propone lo contrario: un entorno abierto, inclusivo, sin itinerarios ni instrucciones. Cada niña, cada niño, decide cómo y con qué jugar, cómo moverse, cómo expresarse. No hay una forma correcta de hacerlo. Y por eso mismo, todos pueden participar, incluso quienes tienen alguna dificultad física, psicológica o sensorial.
“Aquí no hay que seguir un orden, ni completar tareas. Hay quien quiere correr, hay quien quiere estar tranquilito. Y todo está bien. Esa libertad es fundamental para que desarrollen su creatividad, su toma de decisiones, su independencia”.
Para La Shica, jugar no es simplemente pasar el rato: es un acto revolucionario. “Hay quien dice que hemos evolucionado como especie gracias a nuestra capacidad de jugar. El juego es experimentación pura. ¿Qué pasa si hago esto con esto? Así se han descubierto las cosas más importantes. Y eso hay que recuperarlo”.
En su instalación, el juego está potenciado por lo sensorial: luces que cambian, sombras que bailan, materiales que no son lo que parecen. Una varita puede ser una flecha, un lápiz o un cetro mágico. Una pluma puede ser una idea. Un cartón, un castillo.
“No quiero que haya muchos objetos. De hecho, la idea es que haya lo mínimo. Un palo, una piedra, un cartón… pero con un toque de belleza, de fantasía. Les doy herramientas, pero el universo lo crean ellos”.
Y de este modo, la experiencia ha sido tan intensa como reveladora. “Los niños me arrasan cada día. Me hacen sonreír infinitamente. Son tan puros, tan creativos… A veces creemos que solo saben chillar o correr, pero tienen una sensibilidad brutal. Captan cosas poéticas, sutiles, estéticas. Hacen cosas mágicas”.
Y para demostrarlo, comparte una anécdota: “Una amiga me preguntó si no se llevaban las cosas pequeñas, los rotuladores, las cajitas. Pero no. Ellos vienen a preguntar si se lo pueden llevar. Son tan limpios, tan honestos...” concluye Elsa.
