viernes. 12.04.2024

El final de los años ochenta

Creo, y es lo último que escribo sobre el personaje, que los ochenta acabaron de morir el pasado miércoles. Diego Maradona, esa especie de Caravaggio del fútbol, genial y maldito, se iba de este mundo de modo súbito pero no inesperado. Una vida tan deleznable fuera del terreno de juego como inalcanzable dentro de el no podía extenderse mucho más con tantos excesos. Pero sus barriletadascósmicas, sus gambetadas imposibles, su capacidad para hacer campeones a equipos mediocres sin su presencia, para alcanzar la final en Italia 90 aún cojo y rodeado de verdaderos tuercebotas, forma parte de mi imaginario colectivo. Hablo de la misma época en la que Arrigo Sacchi escribía la mejor obra maestra del deporte rey con un puñado de jugadores nacionales y tres virtuosos holandeses. A ellos, fue capaz de vencerles. El solo. A su muerte, me preguntaba que no hubiera podido alcanzar la "Quinta del Buitre" con "El Diego" jugando en la medular.

 

Los ochenta. Aquellos que comenzaron con un virus, como esta década. Si los jóvenes de 2020 recordarán que el coronavirus paró nuestras vidas, a mi no me queda más remedio que recordar que soy un hijo de la década del SIDA. Del virus que se descubrió un uno de diciembre de 1980, para espanto del mundo.

 

Pero si este virus es más democrático, en el sentido de que puede afectar a todos por igual, aquel tenía un componente de hendionda moralidad. "Solo afecta a putas, maricones y yonquis", llegué a escuchar. Hasta que determinadas familias bien empezaron a ver extrañas manchas rojas en cuerpos propios. Nada de conductas sospechosas; simplemente, cuerpos entregados a la carne en el momento menos apropiado. Peones en el ajedrez de la lujuria cuando el mundo creía que era feliz.

 

Si, la sociedad ha avanzado. Hasta el punto de que el SIDA poco menos que ha dejado de importar. Sobre todo a los más jóvenes: es descorazonador ver como se relajan las medidas de prevención. Ahora que tanto se habla de "memoria", convendría ver que tras la fiesta sin límite, viene la consecuencia. Aunque haya que volver a explicar que Rock Hudson era un actor guapo, con mucho dinero y que murió en el París más glamouroso.

 

Ahora corremos otro riesgo de moralina. El negacionismo, la desconfianza hacia la ciencia, invocar al druida. No defiendo por sistema a los Gobiernos (últimamente, me lo ponen fácil)  e  ignoro de donde sale el virus; desconozco si una mutación natural, una macabra conspiración o que teníamos a la versión china de Homer Simpson en un laboratorio junto a un mercado en Wuhan, donde la gente comía murciélagos en vez de tortillas a la francesa. Pero el virus existe. Pregunten a familiares de fallecidos, a supervivientes.  Negarlo es el primer paso hacia el barranco.  Hay negocio: claro. La industria farmaceútica es, de apellido farmaceútica, pero de nombre industria. Pero ha costado mucho sudor, muchas lágrimas, tener una ciencia decente como para que volvamos a invocar a las estrellas por no hacer caso a la probeta.

 

 

POSTDATA: En Irlanda del Norte, en verbenas de verano, en la baja Padania y en lo alto de la abrupta serranía lo saben. Este artículo cuenta con el aprobado del Ministerio de la Verdad. Departamento de "sin nuestro visado, muere un gatito en Badajoz y llora el niño Jesús".

El final de los años ochenta