viernes. 12.04.2024

En defensa de Irene Montero

No se quejen de los altos índices de audiencia de LaRociitada. La oferta televisiva de un domingo por la noche, sin contar plataformas de streaming, incluye cine, El Objetivo, Cuarto Milenio o las televisiones locales y autonómicas. Si las intimidades de "la Carrasco" sentaron a cuatro millones de personas delante del televisor, fue porque esos cuatro millones de personas quisieron sentarse a verlo. Y si, la audiencia produjo dividendos y uno hace tiempo dejó de ser tan ingenuo como para pensar que Rocío Carrasco lo hacía buscando, exclusivamente, la exorcisión de los demonios internos. Si la hija del marinero de los puños de oro y la mejor voz femenina de la historia de nuestra música cambió sus vivencias por un buen puñado de euros, fue porque, entre otras cosas, cuatro millones de personas decidieron que ver el programa era lo mejor que podían hacer.

 

Yo no lo vi; opté por "Puñales por la espalda", magnífica película detectivesca con un excelso Daniel Craig. No soy más 'cool' que nadie: servidor ha seguido un par de ediciones de Gran Hermano (porque me enganché, no por aquello del experimento sociológico que servía como excusa), de vez en cuando se asoma a algunas cenas románticas en 'prime time' y, lo mismo, me apunto a ver algún capítulo del "RocíoGate" en noches posteriores. Y no voy a poner especial énfasis por escrito mi apoyo a Rocío Carrasco o a las mujeres maltratadas: si se tienen principios, por mínimos que sean,  contra el terrorismo doméstico se está siempre. Sea la víctima hija de una tonadillera o del tendero de la esquina.

 

Dicho lo cual, lo que más ha llamado la atención no es tanto las confesiones de la Carrasco, sino  el Tribunal Popular presidido por el Magistrado Jorge Javier Vázquez. Un tribunal que parece tener más competencias que los de verdad, que hasta en tres ocasiones han archivado la causa contra un tipo que, por otro lado, poco respeto puede pedir para el cuando hace años decidió que le iba mejor con el libro de familia que con el carnet de Benemérito. Al 'yerno de' se le reserva antes mesa en el restaurante más exclusivo  que a quien practica controles de alcoholemia a las tres de la madrugada en cualquier carretera. "Solamente lo barato se compra con el dinero", escribió Facundo y cantó Don Alberto.

 

En esa Sala Catódica, ha tomado especial protagonismo Irene Montero. A la que quiero defender por su actuación en este caso, aunque sea desde la empatía y la comprensión de sus circunstancias personales.

 

Vayamos por partes. Es ministra de Igualdad. Ahora ¿con qué armas?. Si hablamos de protección a las víctimas de violencia de género, en función de la intensidad de la amenaza esta corresponde a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y a las policías locales y autonómicas. Si hablamos de cambios en el Código Penal para penar estos delitos, estos deben canalizarse a través del Ministerio de Justicia.

 

Sigamos. Pongamos que piense, con lógica, que entre los cometidos del Ministerio de la Igualdad está la inserción laboral de las víctimas de violencia de género o, saliendo de este lacerante drama, imaginemos que tiene la tentación de legislar sobre los permisos de maternidad. Bien tirado, pero eso correspondería a los Ministerios de Economía o Trabajo. En el supuesto de que quisiera introducir medidas de refuerzo psicológico en los hospitales  y centros de salud, a las víctimas de la violencia de género, se toparía de frente con el Ministerio de Sanidad y la troceadísima en 18 partes mejorsanidaddelmundo. Algo aplicable, también, a la implementación de políticas de sensibilización en la infancia y el ámbito escolar. Ministerio de Educación y compañeros mártires.

 

Por tanto, Montero simplemente aprovechó la ocasión para justificar un Ministerio abstracto en sus gestiones, para recordar que ahí está ella, aunque sea para proclamar a los cuatro vientos aquello de "hermana, yo si te creo". Dicho de otra manera: intervenir en Sálvame o preguntarse por qué se sigue reponiendo Pretty Woman no está transferido. Las competencias atribuidas hablan de coordinación, impulso, supervisión y participación junto a otros Ministerios (pinchar aquí).

 

Ocurre lo mismo con otros tantos departamentos, tal vez bien intencionados en su diseño, rimbombantes en cuanto el nombre pero con herramientas diluidas entre ajustes de coalición y transferencias competenciales; un guirigai acentuado en este macroejecutivo, pero al que todos los Gobiernos han contribuido a lo largo de la historia separando o juntando Economía y Hacienda, Asuntos Sociales y Sanidad, Educación y Cultura o metiendo Ciencia y Administraciones Públicas por donde cupiese en función del interés del presidente de turno. Mi comprensión con la ministra llegaría a la solidaridad de no ser porque esta fiesta la pagamos entre todos. Cuando me acuerdo de eso, somos usted y yo quienes me apenan.

En defensa de Irene Montero