viernes. 14.06.2024

Insúltenme: quiero vender

Bastó que el precepto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, un tal Joseph Ratzinguer, dijera que "El Código Da Vinci" era un libro del diablo para que la obra de Dan Brown se vendiera como rosquillas. Eso fue, más o menos, veinte años después de que Rugolah Jomeini se convirtiese en el mejor publicista de Salman Rushdie tras condenarlo a muerte por "Los versos satánicos".

 

Hassan II hizo lo divino y humano para que no circulase "El pan a secas", de Mohamed Chukri en Marruecos. La publicación -les confieso que una de las lecturas que más me ha impresionado en mi vida-  no se hallaba en los establecimientos convencionales, pero circulaba como la pólvora en los circuitos clandestinos de un país que se veía reflejado en la autobiografía de aquel niño de la calle. Tal vez, la verdadera derrota póstuma del viejo dictador llegara cuando a los funerales del propio Chukri asistieron miembros de la Familia Real y del Ministerio de Cultura, en lo que se consideró como un gesto de apertura por parte de Mohamed VI  con respecto a los tiempos de su autoritario padre. Por no hablar de las canciones de Víctor Jara, cuyo tormento solo hizo incrementar su leyenda en los tiempos de un Chile traumatizado por Pinochet  y una América latina sojuzgada por la Escuela de las Américas. En España también hemos tenido otro tanto de lo mismo: "¿Qué pasó en Alcasser?" circula de móvil en móvil como los memes de gatos. "El Gran Dictador", película prohibida durante cuatro décadas en nuestro país, sigue batiendo récords de audiencia cada vez que se proyecta.

 

El efecto surgido a raíz de la prohibición de la "Ley Seca" en Estados Unidos fue diametralmente opuesto al objetivo diseñado. Hay algo en el ser humano que despierta la atracción por lo prohibido, lo políticamente incorrecto. Hay algo que llama la atención en la eterna advertencia de "no lo toques, no lo mires, no lo oigas". Nos pone, admitámoslo, acercarnos al diablo no para satanizarnos pero al menos para saber de que color tiene los ojos. No hacemos caso a aquel viejo -y en este caso, sabio- refrán que recuerda que el mayor desprecio es la falta de aprecio. Convencido estoy de que, el día que alguien prohiba los toros a nivel nacional, las colas para entrar en Las Ventas pueden llegar hasta San Juan de Aznalfarache. Solo por joder, ya me entienden.

 

En la política ocurre otro tanto. A Donald Trump le hicieron la campaña sus propios adversarios, primero en las primarias del Partido Republicano y luego colocándole enfrente a la "Rotenmeyer" de Arkansas.Aznar convirtió a Carod-Rovira, un soberbio con ínfulas, en un problema de Estado y en el ariete con el que el independentismo se presentó, en serio, en las instituciones.

 

Por tanto, si alguna vez decido publicar un libro o vender un producto, les ruego que no me ignoren y me insulten. Está demostrado que funciona. Ahora  que recuerdo, en Ceuta se acusó a Jesús Gil poco menos que de desayunar tostadas con mermelada y púberes en 1999. El resultado, una vez más, no fue el esperado. Y a servidor, que ha pasado ya la línea vital que separa las noches de siete cubatas del Danacol y el paseito mañanero, le viene a la memoria ultimamente aquel tango que nos recuerda que veinte años no es nada...

 

Insúltenme: quiero vender