sábado. 03.12.2022

Je suis Cantoná

Fue un magnífico futbolista, tan excelso como duro y agresivo. Eric Cantoná pasó a la historia, al margen de por cimentar la obra maestra de Alex Ferguson con la camiseta del Manchester United, por una patada voladora a un aficionado que le lanzó un improperio en la grada. A partir de ahí, cayó en desgracia. No fue convocado con Francia para ganar el Mundial del 98, acabó su carrera antes de tiempo y el Real Madrid dejó de fijarse en el como un posible ‘Stoichkov blanco’ en unos años en que la esquizofrenia que en la actualidad es modo de vida en Can Barça estaba instalada al otro lado del puente aéreo.
Me acordaba de Cantoná repasando un dato curioso, una estadística en la que -creo- no ha caído nadie aún. Se cumplen 44 años del Mundial de Argentina y 88 del de Italia 34. Los dos mundiales más politizados de la historia.
En el primero de ellos, el fútbol no era ni por asomo la industria en que se ha convertido hoy en día. Sin embargo, como Hitler dos años después en los JJOO de Berlín, Mussolini se dio cuenta de la capacidad para llegar a las masas que tenía el deporte como espectáculo. Cuentan las crónicas, por ejemplo, que España barrió a Brasil y luego sufrió uno de los mayores atracos en el partido contra Italia. Estaba escrito que la “Azzurra”, la gloriosa Azzura de la que no tengo problemas en declararme seguidor, ganase aquel mundial, que manchase su inmenso palmarés. En la final, perdían al descanso. El Duce bajó al vestuario y dijo aquello de “victoria o muerte”. El árbitro hizo el resto. El portero checoslovaco dijo algo así como “habíamos perdido el mundial, pero salvado a mucha gente de morir”. Se refería a los seleccionados de Vittorio Pozzo.

Casi cuatro décadas y media después, el fútbol volvía a Sudamérica. Y otro tanto de lo mismo: a 300 metros del Estadio Monumental donde Argentina alzaba su primera Copa del Mundo, los presos políticos eran vilmente torturados por el régimen de Galtieri, que no dudó en desplegar cuanta influencia fuere necesaria (o cosechas de trigo con destino a Perú, lease como quiera) con tal de que Argentina alzase el Mundial. Los gritos de “Argentina, Argentina” ahogaban los gemidos de dolor que infringía uno de los peores regímenes que jamás conoció Latinoamérica.
Y ahora a Qatar. A un país sin tradición futbolística, con estadios futuristas. A un país con dinero, mucho dinero. El suficiente para comprar a jerifaltes de la FIFA, Michel Pastini a la cabeza, y silenciar las condiciones miserables que han costado la vida  miles de obreros en un país que condena a los homosexuales y prácticamente deja en la respiración el único derecho de las mujeres.
¿Vamos a seguir mirando para otro lado?. ¿Nos vamos a dejar llevar por la emoción, sentaditos en nuestro sofá y siguiendo la Copa del Mundo por televisión?. ¿O vamos a tener un mínimo de dignidad y, simplemente, cambiar de canal, por mucho que nos guste un espectáculo como este?. Quien firma esto tiene en su  caja negra del alma la celebración de Tardelli en el Bernabéu como la más hermosa, aún se estremece viendo el gol de Iniesta y considera que la perfección si existe: vease Brasil en 1970, Maradona en 1986 o el pase de Pirlo a Grosso en la semifinal de 2006. Y en paz esté descansando Sandor Puhl, pero me sigo acordando de sus castas cada vez que veo el codazo de Tassotti
El mundial, pues, forma parte de mi bagaje sentimental, de esos acontecimientos que cada equis tiempo sacan a uno de la rutina. Pero  este año, no tengo cuerpo para mundiales. No. El Mundial pasará, pero la vida seguirá. ¿Nos va a dar, en serio, absolutamente igual la vergüenza que va a comenzar en apenas días?. Lo próximo ¿será darle unos Juegos Olímpicos a Putin? ¿En serio que, no ya como países cuyos dirigentes se postran ante el emir sino como ciudadanos anónimos, hemos perdido toda brizna de dignidad y no vamos a hacer algo tan simple como cambiar de canal cuando retransmitan un partido?.  ¿No somos capaces de quedarnos sin fútbol, lo entendemos como un sacrificio inasumible? ¿Qué es, entonces, la lección de coraje que nos llega desde hace semanas de Irán, de los manifestantes rusos contra la Guerra ucraniana del Zar Rojo, las comunidades parroquiales en Nicaragua, los periodistas asesinados en México -más de diez solo este año, por cierto-, las injusticias en Oriente Medio y tantos y tantos conflictos y tantos y tantos lugares? .¿No tenemos liga el resto del año?. ¿Que seríamos a ojos de, entre otros,  Martin Luther King, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Simon Wiesenthal o todos los muertos en Normandía? Una vergüenza:  sacrificaron o dieron lo mejor de sus vidas para que la generación de sus nietos no sea capaz de cambiar de canal.

¿Qué queda de aquel fútbol en el qué Albert Camus encontraba toneladas de nobleza? ¿Con qué amargura no nos mirarían los jugadores del Dinamo de Kiev fusilados por negarse a perder contra el III Reich?. ¿Qué pensará de esto Carlos Cazesly, que dirían Matías SindelaarSócrates Sampaio? Sacrificios: ¿Muhammad Alí, John Carlos o Tommie Smith fueron eternos solo por sus cualidades pugilísticas y atléticas? ¿con qué desprecio nos mirarían Jesse Owens, Lutz Long o Gino Bartali, el más honorable de todos  los campeones del ciclismo? ¿Cuantas maldiciones no debe estar vomitándonos John Fashanu desde el más allá? ¿Qué cambiar de canal es un sacrificio? Si alguno de estos nombres no les suena ni por asomo, ya tienen un pasatiempo como alternativa al Mundial de la vergüenza...
Me dejo llevar por Eric Cantoná y su llamada al veto a Qatar. No pienso ver ni un solo minuto; aunque me conozco y probablemente al final acabaré traicionado por mi pasión futbolera. Quiero contribuir al fracaso de ese insulto no solo al fútbol, sino a la dignidad humana, que es Qatar’22.  Y llegados a este punto, ojalá hubiera muchos más futbolistas como el mejor jugador del planeta en 1978. Johan Cruyff prefirió no ser, posiblemente, campeón del mundo con Holanda a participar de una gigantesca ceremonia para tapar el martirio a los presos. Se que no existe el país perfecto, y que todos los cocineros tienen manchas de aceite. Pero el fútbol, al menos el que amamos, ha muerto de éxito y codicia. Y Qatar es su cadalso.
En su equipo, capitán. En su equipo, Monsieur Cantoná

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