viernes. 12.04.2024

La higuera

Tenía el firmante seis o siete años y un cerrado acento vasco: cosas de haber pasado la mayor parte de mi infancia en un lugar donde solo vivíamos batasunos, agentes de seguridad y familiares, Julio Caro Baroja y uno de Falange que llevaba tabaco negro a los guardias por el bien de España. Mis padres me dijeron que nos veníamos a Ceuta, a la tierra donde habia nacido,  y que de momento, nos íbamos al Barrio.

 

El barrio, como en la canción de Arcade Fire, me pareció el principio y final del mundo conocido. Todo un teatro de la vida: pequeños contrabandistas, alguno que se había ganado la vida como traductor tras aprenderse cuatro frases hechas, un par de cantinas y  Matilde, que nos hablaba a los niños con un especial cariño. Al cabo de los años, descubrí que esa ternura era un mecanismo contra la nostalgia producida por tener a su único hijo y a los nietos que solo conocía por fotos viviendo en Caracas.

 

Recuerdo los niños quebrados yendo a la búsqueda de las mágicas manos de doña Elisa enviados por el pediatra o la noche en que aquel enjambre de tablones para entrar en las casas, finísimos tabiques y techos de latón enmohecido se espantó con un incendio que ocurrió en el hogar de una pareja que estrenaba su matrimonio en aquellas horas. A saber... No se me olvida el año en que colocaron ahí la feria, y el negociete que se encontraron algunas casas bajas con cuatro farolillos puestos a modo de disimulo para vender tortillas de patatas de aquella manera.

 

Y todo esto lo presidía una higuera. La de mi abuelo. Recta, silente, orgullosa. Testigo de mis primeros juegos en compañía de un puñado de gitanos que vivían en la barraca de al lado y Hassan, el único amigo que vino a la humilde fiesta de mi Primera Comunión. Algo tan espontáneo entonces, tan estudiado hoy en día...

 

Aquella higuera, que protegía bajo su sombra cumpleaños, cenas y escuchaba las confidencias de los mayores, voló una mañana. Literalmente: un temporal de narices (entonces no había DANAS ni fenómenos meteorológicos adversos) la arrancó de cuajo. Y con la higuera, voló y se inundó el resto del Barrio de las Latas. Recuerdo como si fuera hace un rato la imagen de un barril de crudo hundiéndose en un charco. Semanas después, jugaba con mis amigos en un nuevo mundo: un Polígono Virgen de África que estrenaba su segunda fase con aquella gente de La Puntilla. Mis amigos de la higuera y yo nos repartimos un par de pistolas de juguete, de bandolero y rayos laser, que nos encontramos nada más llegar.

 

A veces me viene a la memoria aquel barrio y aquellos momentos; no era un sitio para vivir, pero ahí están mis raíces. A veces, cuando paseo por lo que hoy es un edificio con un gran parking y empresas, me parece ver a mi abuela con el delantal en la puerta de la casa y a las mujeres cargando bidones de agua para llenarlos en un caño que todavía existe. Y cuando hay temporales como los de la semana pasada, recuerdo aquel mes de 1985 que se llevó por delante el barrio. Y es entonces cuando me doy cuenta de mi suerte por tener, simplemente, que bajar la persiana para no pasar frío o no  jugarme la vida sobre una patera en busca de un futuro mejor.

 

 

La higuera