martes. 28.05.2024

La muerte de El Empecinado

De la indignación sobre la corrupción sistémica que se ha descubierto -no estallado: el matiz es importante- en los últimos años, he sido partícipe. Y partiendo de la base de que no hay un caso de corrupción que me duela más que otro: me da lo mismo que sea la Gürtel o los ERE, la Púnica o el Tito Bernie: el dinero que se sustrae de lo público, es el dinero que me obliga a jubilarme más tarde y en precario que la generación de mis padres. Es el dinero que se despista de la escuela de mi hija, de mii sanidad, de la limpieza de las calles donde vivo. Es el dinero que encarece la hipoteca que pago a unos bancos que, puestos en manos del primero que pasó por la esquina, no dudaron en saquear el sistema financiero español e hipotecar a un par de generaciones. Como mínimo.

Dentro de esa indignación, hay escenas que me cabrean más que otras. Que estalla un caso en la izquierda: desde la derecha saltan inmediatamente preguntándose porque no está en la cárcel ya hasta el que asó la manteca. Que el caso estalla en la derecha, ídem de lo mismo. Lo veo en redes sociales, a personas formadas y con una presupuesta madurez, que ignoran que todos tenemos derecho a una serie de garantías procesales -presunción de inocencia, recursos, etc- que al final son las que nos separan de la Ley de la Selva. Que me da igual si me roban la cartera del bolsillo derecho, del izquierdo o si finalmente me la sisa mi primo de Barcelona. Que al final me han dejado sin blanca, vaya.

Pero todavía hay algo que me cabreaba infinitamente más. La imaagen de los corruptos poniéndose el lazo negro para ir a rezar por el alma de la última víctima de ETA, perteneciese a su partido o al de enfrente. El lazo negro con una mano: con la otra, afanando caudales ajenos. Por unos ideales, muchos llevaron escolta o acudieron a entierros de compañeros suyos, cuando no fueron ellos mismos los que pagaban con su vida pensar como quisieran . Tal fue la barbarie, tal la sinrazón,  que ni siquiera distinguíamos entre PP y PSOE. Si pertenecían a cualquiera de los dos partidos en el País Vasco, eran de los nuestros. En aquellos años de plomo, Carlos Iturgáiz y Nicolás Redondo Terreros, María San Gil y Maite Pagazaurtundua eran de mi equipo. No iba de ideales: iba de principios.

Vivimos tiempos en los que una buena parte de la juventud española ignora que pasó aquellos  años. Uno de cada dos jóvenes españoles ignoran quien fue Miguel Ángel Blanco: no la única víctima, pero quizá si la más simbólica de esa banda de hijos de puta. Término que empleo rogando encarecidamente perdón al sufrido gremio de las caminantes nocturnas. Malos tiempos para la memoria, para la conciencia crítica de una ciudadanía cada vez más pertrechada en sus propios ideales y más cercana a la España de 1934 o a  las tramas de George Orwell o Miguel Ángel Asturias que a la nación del siglo XXI. Lo dejo ya por escrito: estamos a apenas un par de años de volver al "algo habría hecho" o "a fin de cuentas, luchaban contra el fascismo" de principios de los 70. Lo que más me temo: esa retórica no vendrá, exclusivamente, de Bildu y el entorno abertzale...

Recientemente, revisioné algunos capítulos de una de las mejores series de televisión jamás rodadas en cualquier lugar, y la mejor hecha en nuestro país. En uno de los primeros episodios de  'El Ministerio del Tiempo', la patrulla viaja a tiempos de El Empecinado, para evitar que Napoleón someta a Ee spaña. Cuando a Alonso de Entrerríos le explican que ese noble bandolero que se enfrentaba con gallardía al invasor francés sería ajusticiado por el mismo rey en cuyo nombre se batía con los galos, él mismo exclama aquello de "Que buen vasallo, si hubiese buen señor". Tras conocer la expulsión de Redondo Terreros del partido por el que apostó literalmente su vida, esa escena fue lo primero que me vino a la cabeza...

La muerte de El Empecinado