viernes. 12.04.2024

No cuenten conmigo

Como si fuera una moderna Iglesia de posguerra, había que estar a la hora convenida en perfecto estado de revista. A las 20.00 horas, dispuestos a cantar el "Resistiré", saludar efusivamente al vecino que no sabías -ni te importaba- que vivía enfrente y tocar las palmas. Daba igual que fuera por convicción, curiosidad y postureo: había que estar.

 

Disciplinados como el mejor ejército o una bandada de gaviotas, asumimos sin rechistar las consignas del comandante en jefe. De esta, salimos más fuertes, todos juntos, nos repetíamos contínuamente. Íbamos a ser mejores.

 

Meses después de aquello, estamos otra vez como al principio. Al borde del confinamiento domiciliario, de encerrarnos en nuestras casas para lamernos las heridas a golpe de Netflix. Matizo: no estamos como al principio. Estamos peor.

 

Estamos peor porque hemos aplaudido hasta reventarnos las manos, pero nos hemos pasado las recomendaciones de nuestros sanitarios por salva sea la parte, con lo que aquel movimiento espontáneo se torna ahora como un gigantesco ejercicio de cinismo. Y el "Resistiré de las 20.00" nos duró el tiempo que tuvimos que permanecer encerrados por obligación legal. No nos creemos al comandante en jefe ni similares porque mientras el país se nos iba por el sumidero hemos vivido algunos de los momentos más tensos y vergonzantes de nuestra democracia. Ni siquiera se si tendremos moral y ánimo para resistir quince días más pertrechados entre la manta, el teletrabajo y el paseo rutinario como aspiración. Nos ha dado igual todo: hemos visto desde celebraciones de Halloween a fiestas clandestinas o protestas por el amago de marcha de Leo Messi del Barça. Nos ha dado absolutamente igual que miles de negocios bajen la persiana para nunca más levantarla; nos hemos olvidado de aquellos que tuvieron que vivir en soledad el duelo por el fallecimiento de un familiar y nos la trae al pairo la situación de desamparo de muchos de los nuestros. Nos parece indiferente que la videollamada sea la única medida para aquellos abuelos que por culpa de un maldito virus llevan meses sin abrazar a sus nietos. Botellón, protesta y alirón, alirón, nuestro equipo campeón. Y rematando la exhibición de madurez, gente saltándose el toque de queda para asaltar comercios a lo largo y  ancho del país.


No es cuestión, tampoco, de culparnos a los ciudadanos en exclusiva; al margen de los insultos y tacticismos políticos -¿hacía falta la moción de censura, señor Abascal?- vemos el poco edificante ejercicio de algunos líderes: desde las rutilantes entregas de premios hasta el proyecto de la Agencia Espacial Catalana pasando por Fernando Simón convertido en una emergente estrella televisiva o mil y un diatribas contra la Monarquía, Franco, la República o lo que se ponga por medio. Que el mundo se cae por el precipicio, da igual; nosotros, a lo nuestro. Aquello de la mujer del César, ya me entienden.

 

Así que, esta vez, no cuenten conmigo. No se si alguien tendrá la tentación de salir a aplaudir a nuestros sanitarios o servicios de emergencia a una hora en concreta. Agradecería que se me indicase; será la hora justa en que baje la persiana, cierre la ventana y suba el volumen de la televisión. Servidor se va a limitar a cumplir con su trabajo y procurar que ninguno de los míos contraiga el bicho. Nada más, pero por supuesto, nada menos. No merece la pena. No merecemos la pena.

 

Ahora, llámenme egoísta.

No cuenten conmigo