viernes. 12.04.2024

Patria

Cuando solo quedábamos tres comensales, aquella mujer se avino a pedirnos fuego y compartir algo de charla con nosotros. Nos preguntó qué hacíamos ahí -mi padre se había comprado un Seat Toledo de fábrica y con la excusa de hacerle kilómetros, habíamos vuelto veinte años después a aquel sitio- y comenzó una charla que, al principio pivotaba sobre los intrascendentes lugares comunes, y acabó con una de esas confesiones con las que la vida golpea en el mentón de quien oye. "En el pueblo éramos felices. Mi marido ganaba buen dinero, tenía un buen horario y con eso salíamos adelante. Pero los niños se nos hacían mayores y nos daba miedo el ambiente. Así que hubo que dejarlo todo, salir del pueblo y empezar de nuevo".

 

El sitio era Logroño, en el verano de 1996. Aquella mujer nos decía que venía de un pueblín llamado Ermua, en el que a santo del trabajo había estado mi padre viviendo quince días en los setenta. Yo apenas era un imberbe, pero aquello me marcó. Como me marca el recuerdo de mi propia infancia contando de espaldas en la puerta de un subterráneo lo que tardaba mi padre en subir. El coche en la -2, el niño en la calle, ajeno a lo que nos rodeaba y en principio a salvo de cualquier cosa en aquel lugar donde siempre hay rosas en la tumba de Zalacaín..

 

Ermua nos volvió a sonar a todos un año después de aquella agradable cena en la hermosa capital riojana. Por desgracia. Yo llegaba de no recuerdo donde cuando vi a mis padres enganchados a la televisión y con cara circunspecta. "Han secuestrado a un concejal en el País Vasco. Dan 48 horas de plazo o lo matan", me dijo mi madre. El resto de la historia es conocida.

 

O no: esta mañana me levanto con la desagradable sensación que me deja saber que el 60% de los jóvenes españoles no sabe quien fue Miguel Ángel Blanco o el 70% cree que ETA sigue estando activa. Preguntarles por Hipercor, la República Dominicana o la Cafetería Rolando o por José Maria Ryan y esperar que respondan debe ser tan posible como meter un elefante por una chimenea. O por Francisco Pascual y Mohamed Ahmed Abderraman, que también Ceuta aportó sus dolorosos granitos de arena al contador de la muerte. Por no hablar de aquellos tres chavales gallegos que tuvieron la mala suerte de tener un encontronazo con esas hienas a la salida de un cine en el sur de Francia, y que fueron asesinados tras una larga tortura. Tampoco saben nada del GAL: algo a lo que nunca se debe prestar un Estado de Derecho (tampoco fuimos los primeros, seamos sinceros), que resuiltó una chapuza más contraproducente que eficaz y un latrocinio con mayúsculas.

 

La encuesta de GAD-3 no puede ser más oportuna: coincide con el estreno de Patria en HBO -tan dura y cruda como el libro- y la contraprogramación de "El Instante Decisivo", en que se narran esos días de julio de 1997. Una serie, como el libro de Aramburu, cuya trama me recuerda poderosísimamente a Ramón Bagglieto: aquel concejal de UCD asesinado por el mismo al que había salvado de morir siendo niño en un accidente de tráfico. El agradecimiento fue el tiro en la nuca y, una vez cumplida la condena, comprar un local en los bajos del domicilio familiar del asesinado. Su familia, por supuesto, tuvo que irse del pueblo. La joyita en cuestión se llama Cándido Aspiazu, por cierto.

 

No culpo a los más jóvenes, no crean. Vivimos en una sociedad infantilizada; tíos y tías de cuarenta y tantos palos sacados por la Policía Local de Granada de fiestas masificadas en plena pandemia, en una época en la que 900 gilipollas son capaces de congregarse en el centro de Barcelona para escuchar a un cantamañanas recetarles una solución con lejía para curar el coronavirus. En otros lados, la cosa no pinta mejor: recuerdo con pavor como una Universidad neoyorquina dió un día libre a sus tiernos alumnos para que asumieran la victoria de Trump. La Universidad cerrando las puertas y, en vez de analizar el por qué, hordas de tipos/as creciditos, abrazados a un peluche y llorando por la victoria del magnate neoyorquino. Que a fin de cuentas, no entró en la waitjaus trepando por las paredes, sino como presidente electo.

 

No: hemos relativizado tanto las cosas, hemos sido tan equidistantes, tan correctitos y tan acomplejados de nosotros mismos que esta encuesta no es sino lo que nos dice la báscula después de un fin de semana. Lo que nos dice el espejo. Hemos puesto tan en igualdad a la víctima y al verdugo, hemos sacralizado a los tuiteros molones que basta con moverse rápidamente en la red del pajarito para que te nombren ministra o portavoz de algo, convirtiendo en titánica hazaña tardar una década en cursar derecho o los dignísimos trabajos de reponedor y cajera. Al frente del cortijo, en todas direcciones, hemos puesto a gente que nunca han sabido estirar un sueldo o levantar la persiana de un local.

 

Todo sencillito, todo mascadito; esfuerzos los justos. Todo rapidito: no sea que el niño suspenda, las mamás de los demás cuchicheen y Europa nos tire de la orejita. Que la opinión la marca Belén Esteban, tengamos a gente con faltas de ortografía ejerciendo profesiones de letras o algún ingeniero tenga la tentación en unos años de hacer un puente con plastilina, es secundario. Felicidad y sonrisas, nada que nos pueda remover la conciencia o pensar dos segundos. ¿Qué hace falta un master?: ya buscaremos como lo hacemos, pero a disfrutar  la vida, que son dos días. Veintiuno, cambalache, problemático y febril. Luego, nos extrañamos...

Patria