lunes. 24.06.2024

Mi petición electoral

No sólo lo he dicho en más de una ocasión, sino que me reitero en ello: mi momento favorito del día se produce a primeras horas de la mañana. Dura apenas unos minutos, y es el paseo matutino con mi hija hasta el colegio. Ella me cuenta sus planes para el día, y trata de sonsacarme los míos. Es el mio, y supongo que el de cientos de hombres y mujeres con los que coincido cada mañana y mediodía a la entrada y salida del centro escolar.

Hombres y mujeres a los que, salvo en algún caso contado, no había visto en mi vida hasta que nuestros hijos comenzaron a andar juntos el camino de las aulas. Hombres y mujeres que, como yo, tienen mil cosas en la cabeza, apartes de las dudas que compartimos en el chat de WhatsApp sobre si hoy o mañana toca tal o cual asignatura. Somos animales de costumbre, con nuestras prisas, con nuestros problemas e ilusiones. Hombres y mujeres que, a golpe de no se cuantas celebraciones de cumpleaños, he dejado de identificar como el padre, madre o abuelo de, para llamarlos por su nombre.

Esos cumpleaños en los que mientras vigilamos con un ojo que ninguno se abra la cabeza en la piscina de bolas, empezamos a compartir confidencias y anécdotas. Laborales, familiares, de los niños...  No es un colectivo uniforme: como en todo grupo humano, los hay más jóvenes o mayores, más pudientes o tiesos, musulmanes o cristianos, casados o divorciados. Y pese a las diferencias de edad -algunos de los padres de los amigos de mi hija podrían ser perfectamente hijos míos- a todos nos preocupan las cosas más delicadas. Es decir, las más sencillas.

Llegar a final de mes. Llenar la nevera y la despensa. Que nuestro barrio y el colegio de nuestros hijos estén limpios. Que las calles sean más o menos seguras. Y que esa panda de cafres que, justo en el momento en que hablamos de estas cosas, andan subiéndose tres en un tobogán o rematando de cabeza el pico de alguna mesa, tengan un futuro mejor que el nuestro.

No solo no conduzco: ni siquiera se como es una autoescuela por dentro. Esto último tiene sus miserias, pero también sus pequeñas ventajas. Por ejemplo: viajar en autobus y abrir la oreja. Las conversaciones son las mismas: el precio de los alimentos, del transporte, las rebajas aquí o ahí, el tiempo que está loco y el Ceuta que nos ilusiona como nunca. Me bajo de cualquier parada, me tomo un café en alguna terraza, y la cosa va por el mismo derrotero. Somos simples si quieren verlo así, pero resistimos cada uno a nuestra manera. No somos conformistas, pero con llegar a final de mes y respirar algo de vez en cuando nos damos por satisfechos.

Si  yo el domingo decido confiar en que alguien ha encontrado el bálsamo de fierabrás que al final le permite hacer en cuatro años lo que no hizo en veintidós o en gente que va a hacer en dos lo que otros no pudieron llevar a cabo en más de veinte, es cosa mía. Siempre lo fue, nunca lo publicité y a nadie le importa. Ni siquiera suelo confesarle mi voto a mi círculo más íntimo. No lo haré, como jamás lo hice,   con ninguno de los aspirantes a presidir la Ciudad; les conozco personalmente a todos, como a la mayoría de los integrantes de cada categoría. Y no engaño tampoco si digo que preferiría votar en listas abiertas que a un solo partido, sobre todo en una convocatoria electoral tan cercana y de proximidad como la del próximo domingo.

A estas alturas,  les ruego me disculpen si no creo en los milagros. En las soluciones mágicas, inmediatas, nuncavistas. Creo en el trabajo diario, en que cada uno pueda aportar algo y, a golpe de pragmatismo, que todos hacen cosas para enmarcar y cosas de babuchazo gordo. Con todos he estado de acuerdo alguna vez, y en más de una ocasión todos ustedes me han hecho llevarme las manos a la cabeza. Creo que todos ustedes han nacido en Ceuta; por tanto,ninguno de ustedes es el último hijo del planeta Kripton. Son humanos; se equivocan y aciertan como cualquiera. Lo se, lo sabemos: asúmanlo.

Pero humanos que, a partir del próximo lunes, van a tener la responsabilidad de representar a una ciudad como esta. Como la mia; como la de los padres y madres de la clase de mi hija, como la señora que se hace cruces en el autobús subiendo con la compra, como la de los dos chavales que bromean con el Barça y el Madrid en la mesa de al lado. Ya que no nos van a propiciar soluciones mágicas, al menos no estropeen el panorama más de lo que están. Después de la cena, hagan el favor de dejar el plato en el lavavajillas y llevarse la basura. Simplemente eso. Ya lo dijo mi entrenador favorito de la historia: "que el presidente se ocupe de sus asuntos, que de las cosas serias ya nos ocupamos los demás". Esa es mi petición: si no nos van a bajar las mieles del paraíso, al menos procuren no estropear más la vida terrenal.

Sean felices, señorías. Y procuren que los demás también.

Mi petición electoral