domingo. 19.05.2024

Plumas sin vallado

En 1999 no había móviles, no chinchetas, ni geolocalizadores. Lo más parecido era un callejero que rara vez tenía actualizaciones y preguntar hasta dar con el sitio correcto. Me costó dar con el, llegué media hora tarde y cuando al fin le localicé, le pedí reiteradamente disculpas.

"No pasa nada, hombre", me dijo tranquilizándome entre risas. Me enseñó con todo lujo de detalles la tarea a la que había dedicado su vida entera. Yo veía en un primer momento escobas, tizas, algo de desorden y poca luz. Con el tiempo, y no me hizo falta mucho, comprendí que como cantaba Aute, la verdad no es lo evidente sino su mitad. Aquello no era un gigantesco cajón de sastre sino una obra maestra.

Lo comprendí cuando me dijo una de esas frases que uno no olvida nunca. "Imagina que tiras un plumón contra una alambrada. Lo lógico es que ese plumón se raje y las plumas queden a merced del suelo. Pero si el viento las sopla con la fuerza justa, esas pequeñas plumas superarán la alambrada. Las plumas son mis chicos. Y te pido que seas parte del viento".

Yo sumaba, de aquella, 22 o 23 años. Pero esa frase me marcó profundísimamente. En efecto, llevaba razón. Aquellos chavales con síndrome de down, con o sin familia, merecían algo de apoyo. Y, ahí radica la maestría. No solo la palmada condescendiente o la risa amable: dignificarlos, capacitarlos en cuestiones que vayan desde el aseo personal hasta la búsqueda del sustento propio. Hoy es fácil pensarlo y decirlo. Pero cuando el fundó la Asociación Pro Subnormales, APROS, no lo era tanto. Corría el año de 1978, en plena Transición. La figura del "niño tonto" de Juan Ramón Jiménez del que olvidarse en alguna institución de beneficiencia seguía vigente. El visionó, entonces, que fueran autosuficientes.

Hoy recordaba sus palabras, mientras la gente de ACEFEP leía el manifiesto con motivo del Día de la Salud Mental. Y como en aquella conversación de hace casi un cuarto de siglo, me acordaba del niño que fui. Aquel que aprendió a escribir separando espacios son siete u ocho años. Ese adulto que hoy soy que a veces no distingue la derecha de la izquierda y que por ello se autoprivó de conducir. El que recuerda con precisión detalles de hace décadas, pero es incapaz de memorizar algo medianamente útil de minutos atrás o que ha almorzado hoy. Aún con una 'simple' dislexia, la pesada y fiel compañera que me legó la vida, la que, dicen,  rebaja cualquier conato de autoestima,   me consta que crecí siendo para muchas personas "el niño rarito".

¿Qué no habrán pasado, qué no habrán sufrido, las familias de bipolares, transtorno límite de la personalidad o esquizofrénicos, qué miradas no tendrán que sortear los familiares de autistas o enfermos de parálisis cerebral?. ¿Cual no será la indignación del depresivo real cuando se bromea con la enfermedad? ¿De qué me quejo?.

Hoy recordaba sus palabras. Hace casi dos años que la pandemia se lo llevó. Y sigo pensando lo mismo que comentaba con amigos suyos -para malpensados: con sus hijos no tengo amistad, como no la tuve con el, aunque con todos un trato cordial-  a la hora de escribir su obituario: el hecho de que Antonio Galet no rotule una calle en esa ciudad a la que tanto aportó, desde la humildad y el silencio de los que como el son  verdaderamente grandes, me parece una auténtica vergüenza.

Firmado: un minúsculo soplo de viento...

Plumas sin vallado