viernes. 14.06.2024

La pareja de la playa

Laura Ortiz / Archivo
Laura Ortiz / Archivo

El otro día en la playa, a un metro escaso de mi, dos adolescentes se prometían amor eterno. Lo hacían de la forma en que se hacen esas cosas cuando uno tiene apenas 15 años, sintiendo que va la vida en ello, y que si, por azares del destino, esa relación se rompe, nunca se volverá a querer a nadie, porque es imposible.

Yo, adolescente perpetua pese a mis casi 40 (y maruja de nacimiento), les espiaba levantando discretamente la mirada de la última novela de Padura, incapaz de concentrarme en la última aventura de Mario Conde, en la Cuba previa a la visita de Obama, mientras el amor juvenil se desplegaba ante mis ojos en estado puro, sin dejar atrás ninguno de sus tópicos. Creo que, en algún momento, incluso cerré el libro y puse toda mi atención en la pareja que, ajena a mi espionaje, seguía jurándose que lo suyo era para siempre, que a ellos no les pasaría eso que les pasa a los demás.

Su inocencia me conmovió, no puedo negarlo, y hasta cierto punto me hizo sentir una punzada de envidia porque ellos, con la vida por estrenar, aún disfrutaban de la emoción de las primeras veces, tan poco valoradas en el momento y, sin embargo, tan extrañadas cuando una crece y se da cuenta de que hay pocas cosas que le queden por hacer de nuevas, al menos pocas que no le generen un terror profundo. 

Viendo la escena fue imposible no acordarme de otras similares protagonizadas por mi misma, de promesas eternas que acabaron durando un rato. Y recuerdo a los chicos que las hicieron, y a los que se las hice, con el cariño que se mantiene para las cosas que, en realidad, una no sabe muy bien si sucedieron porque el tiempo se ha encargado de dotarlas de una pátina de irrealidad, de cubrirlas de bruma. Escenas que he contado o recordado tantas veces que ya no sé si sucedieron tal cual o los años han ido añadiendo detalles al relato.

Tumbada sobre la toalla, con mis pies jugueteando con la arena, desee con todas mis fuerzas que esas promesas que se hacían a escasos metros de mi fueran ciertas y que, de no serlo, en el futuro pudieran recordarse con cariño, que al escuchar ciertas canciones, pudieran pensar en el otro sin pizca de culpa ni de remordimiento, y que, incluso, si llegaran a cruzarse por la calle en el futuro, pudieran saludarse con el entusiasmo de los viejos amigos y la complicidad de los secretos compartidos. En definitiva, que ese momento pudiera convertirse en un recuerdo bonito, de esos que atesorar para siempre en el cajón en el que se guardan las cosas que, aunque en el momento no se sepa, importan realmente.

La pareja de la playa