jueves. 13.06.2024

“Huérfanos de todo salvo del dolor”

Ramón Rodríguez/ Archivo
Ramón Rodríguez, momentos antes de presentar su libro/ Juanjo Coronado

Voy a hablar de mi poemario “Orfandad”, no por egolatría, ni hedonismo, ni narcisismo, sino porque trato un tema como es el dolor. Cómo enfrentarnos, confrontarlo, sobreponernos, sobrellevarlo,       … el dolor está presente en nuestra vida.   

Para Stefan Zweig: “Toda ciencia viene del dolor. El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la mirada atrás”. Décadas antes argumentaba Schopenhauer que las experiencias placenteras no dejan huella y en seguida llevan irremediablemente a la ansiedad por la obligación de conseguir otras o al hastío si no se logra. Al contrario, el dolor, asimilado como fracaso, sí imprime una imborrable cicatriz en nuestras vidas.  Convierte de esta manera al dolor en elemento generador de las pulsiones vitales creando un campo gravitatorio que nos atrae irremisiblemente hacia el centro del deseo. Para el filósofo el único medio para sobreponerse al dolor que conlleva nuestra propia existencia es renunciar al deseo.  ¿Pero qué sería la poesía sin el deseo? A esta pregunta podría respondernos fácilmente el poema:

“3 días”

No termino de creerlo

no termino de desearlo

y en la balanza de los sentimientos

aterrorizados

pesa más el brillo de tu mirada,

tu sonrisa protectora,

el aroma de la maternidad

y no termino de creerlo

y comienzo a desearlo.

Todos los miedos se despeñan

desde las altas cimas

del amor que siento por ti.

Y empiezo a creer

y soy todo deseo.

Como dijo Paul Valéry en su Ego scriptor: “El poeta no tiene por finalidad comunicar un pensamiento, sino despertar en los demás un estado emocional en el que nazca un pensamiento análogo (pero no idéntico) al suyo. La ‘idea’ desempeña (en él como en los demás) tan sólo un papel parcial”.

“Orfandad” te envuelve en una atmósfera densa, interpela directamente al corazón y le habla de pérdidas. De pérdidas de proyectos de vida, de la merma de la inocencia, de la quiebra de la esperanza. Es un libro en el que prácticamente cada verso hay que masticarlo y cada palabra asumirla como un puñado de sal de visita en tu pupila. Nos mostrará el reflejo distorsionado por el peso de las ausencias de nuestra propia realidad. Aquella que vestida de satinada cotidianidad nos visita cada noche cuando comenzamos a soñar y en demasiadas ocasiones llegamos a sentirnos como ese hombre postrado sobre una mesa y recogido sobre sí mismo rodeado de monstruos que con tan exquisita precisión representara Francisco de Goya en su increíble aguafuerte (“El sueño de la razón produce monstruos”).

Según Leonardo Da Vinci, los ojos vinculaban el cerebro con el mundo, y también estaban conectados con el corazón. La poesía conecta al mundo con el corazón. Los filósofos de la antigua Grecia lo subrayaron. Ésta encarnaba una experiencia de aprendizaje, una cultura general que precedía a cualquier especialización científica o política. Y es aquí cuando me siento en el deber de rescatar a Rousseau: “Si la razón hace al hombre, el sentimiento lo conduce”.

El sentimiento igualmente es el guía que descubre los senderos del espíritu al pensamiento y logra convertir la nada en un universo pleno.

Demasiados poemas se empiezan sin saber muy bien lo que se va a decir pero con la certeza de qué se debe decir y de qué el producto final nunca es el final sino un proceso alquímico que crecerá y dará sus dorados frutos en alma ajena.

Conforme avanzamos en la lectura de este poemario queda clara una premisa: la necesidad del reconocimiento de las pérdidas como estructuras conformadoras de nuestro camino vital. Como dijera Benedetti: “Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”.

En “La elegancia del erizo” Muriel Barbery reflexionaba sobre que: “La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante”. “Orfandad” les hará oscilar bruscamente los cimientos de sus creencias pero recuerden que como expuso el ya citado Rousseau: “El alma resiste mucho mejor los dolores agudos que la tristeza prolongada”. Pureza en la mirada y una mente abierta es todo cuanto se requiere para sentirse acogido y recogido en mi “Orfandad”.

Vivir y morir son dos estados de la materia, las consecuencias de estar y ser pero más allá de ello está el sentido de la vida que no es más que reconocer que la levedad de nuestra esencia más íntima nos lleva una y otra vez a la belleza, a encontrarla incluso en el dolor.

Si eres como yo, de esas personas que recíprocamente recibes y dejas huellas en los libros que lees, haciendo marcas en sus esquinas, subrayando párrafos o escribiendo anotaciones en el margen de las páginas “Orfandad” eres tú;  si no haces lo dicho “Orfandad” puedes ser tú ¡tan sólo inténtalo!

Como diría Soul Etspes: “El dolor forma parte de nuestra existencia pero la intensidad del sufrimiento siempre la elegimos nosotros”.

Ramón Rodríguez Casaubón

“Huérfanos de todo salvo del dolor”