Livia Rosales, jefa de la Unidad de Coordinación Contra la Violencia Sobre la Mujer, nos recibe en su despacho enfrascada en la organización de las actividades con motivo del Día de la Mujer. Una fecha en la que, insiste, es necesario ir más allá de los mensajes simbólicos y hablar con claridad de lo esencial: mientras exista desigualdad, existirá violencia contra las mujeres.
Es por ello que pese a que su ámbito de actuación no es la igualdad propiamente dicha, sí que es un vector fundamental en su trabajo diario y es que, subraya, es importante conmemorar este día, no solo para celebrar los avances, que los ha habido, sino también para “reivindicar, tener memoria y recordar que los derechos no pueden dejarse de lado una vez son conseguidos, porque los podemos perder en cualquier momento”. Los derechos que hoy parecen consolidados, recuerda, han sido fruto de décadas de lucha, y aún queda un camino importante por recorrer.
El 8 de marzo y la lucha por la igualdad real
Así, el 8 de marzo nos recuerda que la igualdad no es una concesión, es un derecho. Y no hablamos únicamente, subraya Rosales, de igualdad formal ante la ley, sino de igualdad efectiva y real. El Día Internacional de la Mujer a lo que nos invita, insiste, es a mirar hacia atrás para entender cuánto hemos avanzado y cuánto nos queda por hacer.
La evolución de la educación en igualdad
Y para ello nada mejor que echar la vista a un pasado no tan lejano. Si comparamos la educación que reciben hoy las niñas con la que recibieron las mujeres nacidas en los años 70, explica, la diferencia es profunda. Las mujeres que crecieron en aquella década lo hicieron en una España donde los estereotipos de género estaban mucho más marcados, donde las expectativas sociales eran distintas y donde, aunque ya se habían producido avances importantes tras la Transición, seguían muy presentes los mensajes que situaban a las mujeres prioritariamente en el ámbito doméstico y de los cuidados.
Aquellas niñas, recuerda, crecieron escuchando que debían “portarse bien”, “no destacar demasiado” o “pensar en formar una familia”, sus opciones profesionales, subraya, estaban más condicionadas, las referentes femeninas en ciencia, tecnología o liderazgo eran escasas, y la corresponsabilidad en el hogar era prácticamente inexistente. Además “la educación en igualdad no formaba parte estructural del sistema educativo como hoy lo entendemos” y es que la sociedad era diferente. Una educación en igualdad en la que ahora se pone el foco, con formación continua a los docentes y trabajo en el aula, la igualdad forma parte del currículo, donde se trabaja la prevención de la violencia de género, donde se habla de consentimiento, de respeto y de relaciones sanas, porque, precisamente ahí, indica, está una de las claves de cara al futuro.
Nuevas oportunidades y nuevos desafíos para las niñas
Las niñas de hoy, remarca Rosales, “crecen, afortunadamente, en un contexto diferente”. Y es que, señala, “tienen más referentes femeninos en todos los ámbitos: en la política, en la universidad, en la investigación, en las fuerzas y cuerpos de seguridad, en el deporte, en la empresa”. Tienen acceso a más información, más oportunidades formativas y un horizonte profesional mucho más amplio, insiste, de tal modo que “hoy las niñas saben que pueden ser ingenieras, juezas, médicas, científicas, ministras o lo que decidan”. Y eso, asegura, “es fruto de décadas de políticas públicas, de leyes de igualdad y del compromiso institucional sostenido en el tiempo por el Gobierno de España y por quienes han defendido que la igualdad debe ser un eje transversal”.
Desigualdad persistente: brecha salarial y techos de cristal
Pese a ello, insiste la Jefa de Coordinación de la Unidad Contra la Violencia Sobre la Mujer, “no podemos caer en la complacencia. Aunque las oportunidades han crecido, la desigualdad no ha desaparecido”. Y es que, asegura, “las brechas salariales persisten, los techos de cristal siguen existiendo y la violencia de género continúa siendo una realidad dolorosa. Además, las niñas de hoy se enfrentan a nuevos desafíos que no existían en los años 70: la violencia digital, el control a través de redes sociales, la hipersexualización precoz o la difusión de discursos que banalizan el machismo”.
La desigualdad como raíz de la violencia contra las mujeres
Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de desigualdad? “No estamos hablando de algo abstracto o ideológico” argumenta Rosales, “estamos hablando de realidades muy concretas que afectan cada día a la vida de las mujeres y que explican por qué la violencia de género no surge de la nada, sino que se asienta en un contexto desigual”. Y es que “una mujer con menor independencia económica tiene más dificultades para abandonar una relación violenta”.
Y la realidad es tozuda, señala, “los contratos a tiempo parcial recaen mayoritariamente en mujeres, muchas veces no por elección, sino por la necesidad de compatibilizar el empleo con el cuidado de la familia”, porque, a pesar de los avances, “las mujeres siguen asumiendo mayoritariamente el cuidado de hijos, personas mayores o dependientes”. Un reparto desigual que limita su desarrollo profesional, en muchas ocasiones por decisión propia, desde la voluntariedad y la conciencia de la decisión tomada, pero que perpetúa una relación de dependencia.
Representación femenina y desigualdad en los espacios de poder
La desigualdad también sigue siendo evidente en los espacios de poder y toma de decisiones. “Aunque hemos avanzado en representación política y en presencia femenina en distintos ámbitos, los puestos de mayor responsabilidad en grandes empresas, en determinados sectores económicos o en órganos directivos siguen estando ocupados mayoritariamente por hombres”, señala Rosales, y sigue siendo clara también en el ámbito educativo, especialmente en las carreras científicas y tecnológicas, donde las mujeres siguen estando infrarepresentadas “no por falta de capacidad, sino por estereotipos de género que siguen influyendo desde edades tempranas”.
La violencia no empieza con el golpe
Y la desigualdad, subraya, es el caldo de cultivo sobre el que se sustenta la violencia contra las mujeres porque, señala Rosales, “la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni una suma de casos individuales. No es un problema privado, ni un conflicto puntual. Es la expresión de una cultura que, durante siglos, ha colocado a las mujeres en una posición de subordinación”.
Una violencia, ha recordado, que no empieza con el golpe. “Empieza mucho antes: con el control, con el aislamiento, con los mensajes que normalizan los celos o la posesión. Empieza en los discursos que trivializan la desigualdad y que cuestionan derechos que creíamos consolidados”, es por eso, señala, que la educación en igualdad y la sensibilización social son herramientas fundamentales.
El feminismo y la percepción entre los jóvenes
Una educación en igualdad y una sensibilización que, sin embargo, nos dejan cifras para la reflexión, entre otras la que tiene que ver con la caída en el porcentaje de jóvenes que se consideran feministas, apenas un 38 por ciento. ¿Esto a que se debe? La jefa de la Unidad de Coordinación Contra la Violencia Sobre la Mujer reflexiona sobre esta realidad que vincula con la percepción de que la igualdad ya está conseguida o con una falta de claridad en los conceptos, lo que obliga a recordar que el feminismo lo que busca es la igualdad entre hombres y mujeres y no otra cosa.
Avances institucionales contra la violencia de género
Lo cierto, insiste, es que se han producido avances. Se han reforzado los recursos de protección para las víctimas de violencia de género, se han ampliado los servicios de atención como el 016, se ha fortalecido la coordinación institucional, se han mejorado los mecanismos de protección policial y judicial, y se ha impulsado una legislación que reconoce nuevas formas de violencia y amplía derechos, explica Livia Rosales.
“Avances que han sido impulsados por el Gobierno de España con una convicción clara: la violencia contra las mujeres no es un asunto secundario, es una cuestión de Estado”.
El reto: más igualdad para erradicar la violencia
Por ello, el reto es claro y pasa, explica, por “seguir transformando esas desigualdades concretas en políticas públicas concretas. Seguir reforzando la educación en igualdad, la corresponsabilidad, la protección institucional y la autonomía económica de las mujeres. Porque la igualdad no es solo una aspiración ética; es la condición imprescindible para erradicar la violencia”.
Es por ello, culmina, que “no podemos dar pasos atrás, porque cada avance en igualdad es un dique frente a la violencia” y “solo desde la igualdad construiremos una sociedad verdaderamente libre de violencia”.
