miércoles. 08.02.2023

Perder la vergüenza

Laura Ortiz / Archivo
Laura Ortiz / Archivo


Una cosa buena que me ha pasado al ir cumpliendo años, y he comprobado que a algunas amigas también, es que he ido perdiendo la vergüenza. No se me entienda mal, no es que de pronto haya olvidado la educación y el respeto, no es eso. Es, simplemente, que me he desprendido de parte de esa losa que me ha acompañado desde la adolescencia en forma de complejos, miedos y un sentido del ridículo llevado hasta el absurdo. 

No estoy muy segura de que esta pérdida de vergüenza tenga que ver con que esos complejos y miedos se hayan superado, más bien creo que, aunque siguen ahí, llegado un punto, he decidido ignorarlos. Es un momento en que algo hace clic y te descubres haciendo cosas que antes creías impensables. Cosas de lo más tontas, como tomarte una caña sola, sin llamar cada dos minutos a la persona con la que has quedado para que no se retrase, hacer topless, aprender a bailar aunque se te de regular, no reír las gracias a quien no la tiene o evitar a quien se mete en tu vida sin pudor.

De pronto un montón de cosas que siempre me habían dado vergüenza han pasado a importarme cero patatero (por ser fina y no decir otra cosa) y ahora pienso la de buenos ratos que me he perdido, o la de malos que hubiera evitado, si eso hubiera sucedido antes. Por eso, muchas veces, cuando veo a una chica sepultada por esa losa de la que os hablaba antes, cuando la veo entrar en un bar, recorrerlo con la mirada y salir al no encontrar a quien busca, cuando la veo hacerse pequeña ante una broma de mal gusto o cuando sonríe a quien pregunta por cosas que no deberían interesar a nadie más que a ella, siento ganas de acercarme y explicarle que esa sensación de desazón no durará para siempre.

Perder la vergüenza es también dejar de contestar educadamente a quienes preguntan, con esa imprudencia tan habitual, que para cuándo el novio, o la boda, o los hijos (en mi caso esto último), porque a nadie, excepto a los directamente implicados les importa. Perder la vergüenza es asumir que si no te apetece estar en un sitio, no tienes porque quedarte y lo mismo sirve para las personas. 

Perder la vergüenza es, en definitiva, tomar las riendas y decir basta.  Decir basta a las opiniones ajenas, a los consejos no solicitados, a las vergüenzas históricas, a permanecer al lado de quien no nos apetece solo por quedar bien... basta a lo que no nos hace felices

Perder la vergüenza
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