miércoles. 01.02.2023

Abordamos una historia humana y de familia. Tres generaciones han jalonado la trayectoria legendaria de una bodega "caballa" con 73 años de historia: Viuda Hijos de Arroyo. Durante todos estos años, ha sido una verdadera institución en un sector donde antes "se bebía más vino que ahora, porque la cerveza es lo que más se consume al contrario de antaño", rememora Juan Arroyo.

El tapeo con el clásico "chato" de vino era un ritual tan añejo como este negocio que sobrevive a tres generaciones familiares. Juan Arroyo lo inició y, a su muerte, sería su viuda Catalina quien mantuvo lo que era el sustento familiar, ayudada por su hijo de 14 años, Miguel, quien hubo de abandonar el colegio a temprana edad para ayudar en el negocio familiar por imperativos de necesidad económica de subsistencia.

El devenir del tiempo hizo que mantuviera la tradición familiar de un vino procedente de la localidad alicantina de Monovar que suministra Primitivo Quiles; un tinto clarete, suave y de pocos grados, ideal para combinar con el tapeo a base de chacina. En principio, llegaba en toneles de madera, aunque el paso del tiempo impuso otra forma de envases de plástico, primero y cartón, más recientemente.

En la bodega de Arroyo siempre se han vendido el vino tinto y el moscatel, ambos de idéntica procedencia de Primitivo Quiles. La fiel clientela, también de padres a hijos, convirtió esta bodega en un clásico entre la población "caballa" que acudían con garrafas y botellas para suministrarse a nivel familiar o de amigos. Aún hoy, son muchos los que todavía acuden a este establecimiento de la calle Doctor Marañón "en la cuesta del antiguo Hospital Militar", como referencian algunos, para proveerse en esta bodega, donde antaño llegaban toneles de madera de 200 o 300 litros de vino.

Desde septiembre de 1.987, Juan Arroyo regenta junto a su mujer este negocio en el que pesa tanto la tradición, las tapitas de chacina, queso, aceitunas, por ser el complemento perfecto para ese vino que sirven mezcla de tinto y dulce.

El discurrir del tiempo impuso una nueva fórmula de adaptación: convertir el almacén que se encontraba en la trastienda del local en un reservado con capacidad de hasta 33 personas, como un rincón privado donde compartir con amigos y familiares, veladas de disfrute y convivencia. Iniciativa que surgió por los jugadores del Ceuta hace seis años, reuniendo a unas once personas, aunque la Hermandad del Rocío logró alcanzar la máxima cifra de comensales en el aforo: treinta y tres.

La bodega Arroyo parece que vive su epílogo generacional. Juan Arroyo con 62 años y sin relevo para continuar con el negocio (su hija Palma ha estudiado una carrera universitaria de Terapeuta Ocupacional y se plantea otra experiencia vital al margen de lo que ha sido la tradición familiar) este cambio generacional llevará a truncar la saga Arroyo y su dedicación vinícola en muy pocos años. Se harán nostálgicas esas comidas en el reservado de la trastienda (donde ya hay varios compromisos gastronómicos para estas Navidades), a base de comida casera, esos potajes y platos "de cuchara" combinados con el indiscutible vino de la bodega. La misma que antaño compartió momentos de gloria en Ceuta con el "Monobar" de Verdú próximo a Azcárate y la que había "en el Convoy de la Victoria que era de dos hermanos", recuerda Juan, (hoy colegio Ramón y Cajal) en la barriada de San José-Hadú. Un pasado siempre presente en la memoria de esos recuerdos señeros plagados de vivencias.

La bodega de Arroyo ya mira más atrás que hacia el horizonte próximo, rescatando vivencias en esos recuerdos entrañables alrededor de los buenos vinos que tanto placer aportaron a sus consumidores. "Soy el último mohicano", dice con sorna Juan Arroyo que no tiene previsto traspasar el negocio porque la familia vive en la planta superior de la bodega donde tiene su vivienda.

Setenta y tres años contemplan esta legendaria tradición familiar, con un pasado muy presente en la Ceuta de siempre que ha conocido tres generaciones familiares. Tantos años de vida como bodega bien merecen un brindis por formar parte de la historia señera de Ceuta. Una familia que ha dedicado su vida a mantener una tradición en la Ceuta de siempre

Tradición a punto de perderse
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