lunes. 15.07.2024

Probablemente, nadie preveía en la Ceuta de 1694 que estaban en los primeros meses del mayor sitio que jamás haya resisitido ciudad alguna. Pero algo si intuiría Sebastián González de Andía, Gobernador de Valparaíso y Ceuta -a quien se le recuereda con una calle en Manzanera- cuando mandó construir un fortín en San Amaro para proteger las aguas de la Bahía Norte de las intentonas de atacar por ese flanco la hoy Ciudad Autónoma. Para ello, mandó llamar a Lorenzo de Ripalda, uno de los mejores ingenieros militares de la época,  que construyó un castillo y terminó otro: el del Desnarigado. Tuvo trabajo el hombre, en conclusión.

En este estado se encuentran las puertas del fortín/ Foto: Mohamed Ettouileb
En este estado se encuentran las puertas del fortín/ Foto: Mohamed Ettouileb

Pero si el segundo ha sobrevivido mejor que peor al paso de los años, albergando actualmente un interesante Museo Militar, un coqueto Patio de Armas y unas impresionantes vistas, el primero cae presa de la dejadez y el abandono. Restos de botellón, con todos los restos que el subconsciente nos sugiere al respecto, todo tipo de roedores y suciedad, mucha suciedad.

Uno de los torreones del fortín/ Foto: Mohamed Ettouileb
Uno de los torreones del fortín/ Foto: Mohamed Ettouileb

El fortín -recordemos: Bien de Interés Cultural de la propia Ciudad Autónoma y para cuya rehabilitación Delegación del Gobierno pergueñaba, antes de la pandemia,  un Plan de Empleo- presenta los restos de la fauna urbana. Del Parque, ubicado justo enfrente, se fueron los monos y los ciervos; en el fortín quedan todo tipo de insectos y los malditos roedores que diría el personaje de dibujos animados y a los que solo un buen puñado de gatos callejeros parecen poner a raya.

Suciedad, vegetación y grafittis en el interior del edificio/ Foto: Mohamed Ettoulieb
Suciedad, vegetación y grafittis en el interior del edificio/ Foto: Mohamed Ettoulieb

Hace algunos años, un incendio tiró abajo parte de la techumbre. Como con Santa Bárbara y los truenos, Ceuta se tentó la ropa entonces. Y ahí sigue, conservando parte de su belleza pero languideciendo, lentamente, sin medio proyecto que atisbe una mínima dignificación de un lugar que tiene, ironías del destino, algunas de las mejores vistas panorámicas del casco urbano. Buen arquitecto aquel Lorenzo de Ripalda. Su obra no solo resistió el asedio de naves enemigas de la época, sino que de momento aguanta la dejadez de los ceutíes de cuatro siglos después. Aunque parece que esto es más nocivo para su obra que las ínfulas de Muley Ismail y la ayuda británica de la época...

Fortín de San Amaro: la vergüenza que amenaza a la historia